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Zaragoza, Área de Cultura de la Excma. Diputación Provincial, Col. Veruela nº 5, con Prólogo de Antonio Pérez Lasheras, 2001
Leamos uno de los poemas de la entrega. Se titula Las bodegas del Ebro. La estructura sintáctica no responde –adrede, naturalmente– a las normas habituales de la lengua española; además, se prescinde de las comas. Es lo que el poeta denomina un poema río, un tipo de estructura lírica de su propia invención.
Zaragoza, Área de Cultura de la Excma. Diputación Provincial, Col. Veruela nº 5, con Prólogo de Antonio Pérez Lasheras, 2001
Portada del libro |
El título de este peculiar poemario podría parecernos un ejercicio de oportunismo, ya que vivimos sumidos en plena era expansiva de la informática y los sitios web. Pero al contrario, semejante epígrafe tiene su motivación y su razón de ser. No hay más que comenzar a leer los poemas del libro para comprenderlo bien.
Contemplamos una obra lírica que nos traspasa el espíritu con su franqueza refrescante. La palabra del poeta se vuelve nube de tormenta o verbo roto. El adjetivo justo, la quiebra de las normas de puntuación y el mensaje explícito de los versos, nos golpea con rotundidad el intelecto para guiarnos hacia la poesía drástica de Miguel Labordeta, un mito más que un vate, una leyenda más que un escritor de carne y hueso. A Miguel Labordeta homenajea Ricardo Serna a lo largo de su poemario, un libro de catorce piezas –la última un soneto redondo– que nos acerca a un periodo particular del trayecto poético de Labordeta, fallecido en 1969.
Entenderemos mejor los textos cuanto más hondamente conozcamos de antemano la obra labordetiana. Serna quiere hacerse uno con el bardo de los años grises de posguerra, y huir luego por el túnel del tiempo hacia esa otra Zaragoza en la que la monotonía de la vida solo eran capaces de romperla los sueños de los orates o las palabras acres de los poetas nuevos. Y en aquella antigua Zaragoza a la que Ricardo Serna nos remonta con sus versos, nos encontramos en la primera esquina con ese Miguel grande y calvo de las tertulias del café Niké, un hombre niño, un profesor de espumas.
Leamos uno de los poemas de la entrega. Se titula Las bodegas del Ebro. La estructura sintáctica no responde –adrede, naturalmente– a las normas habituales de la lengua española; además, se prescinde de las comas. Es lo que el poeta denomina un poema río, un tipo de estructura lírica de su propia invención.
Desde el faro el poeta anida sueño y amor
en mensajes amables propicios ocasos
de memoria que viaja hasta la edad de la nada casi
cuando todo se veía grande grande y nadie
se fijaba en tus manos sucias hasta la hora de comer
todos juntos en la tabla de la cocina. Esa edad negra
y blanca de carreras locas por los bulevares de plata
de atardecer en plátanos grandes.
Hay que bucear en esa lágrima sueño y mal tiempo
en los cristales de casa de mi padre con miedo
a morir con los ayeres a ver qué o con qué
se cargan los fusiles.
Es la paz (decían) como si tal cosa
y llovía mucho en casa de mi padre.
Fue a la edad de la nada mi edad dulcísima
en la casa de un señor buen catedrático bueno
que no quiso caminar sin pantalones entre los tricornios
donde me fabriqué sueños primeros con aventura
en la buhardilla de nubes amigos y hermanos
tristeza de tardes cansinas que soñábamos yo conmigo
y con ellos también a ser aquellos otros con marbete
de vencedores y burgueses palacios nidos con doncella.
Fue a la edad que uno mira de reojo a su padre los sábados
de edad muerta de infancia con caballo de cartón y piedras
a palomos de tejas que gimen y sangre luego de todo
en las aceras. Con fusilados cantos de guerra que fueron
adorno de cicatrices malditas.
Allí en la casa me hice niño de soledades altivas
que miraban de frente a la frente que inventaba
castillos de verdugos suplicios atroces.
Y heme aquí añorando el faro desde donde el vigía
servíase la dosis oculta de secretos infantiles
en memoria destilada crédula y amable
una vez y otra sin desfallecer en esa calle breve
o larga en voces y gritos sonoros.
A diez quince metros puede del mercado
bajaba el miedo conmigo a las bodegas del Ebro
pasillos millas negras de poetas cubanos qué miedo
tenían los niños entonces con ello. Y viajaba jugando
a túneles hechizos que es cierto –lo juro– llegaban muy lejos
a estancias enormes de metros y metros de muros
de piedra con todo y el ruido asustaba a cualquiera
en silencio sagrado de truenos callados y eso miraba
que la noche dentro devorase el tiempo carnoso
sin probar ni arruinar a bocados mi sexto sentido.
Explorador de naves varadas mazmorras enteras
de la calle del Temple a las que llegaba con chicos
de panda de calles cercanas y menos
en el invierno de las edades oscuras y azules.
Bajo la iglesia del párroco grande iban los pasajes
de inciertas edades llenas de afán de alegía y besos
y luego también cabezas cortadas con sonrisa en los labios.
Eran de moros hablaban los que nada sabían. Y yo bajaba
conmigo y con otros una cien mil veces al pozo profundo
de historias habidas en sitios oscuros.
Penosa edad cuando pasa y te ves los pies tan grandes
o más aún que los muertos más grandes los tienen.
Porque desde mi faro anidaba el afán del recuerdo
y entonces ni quedaba una tarde viva
que iniciase valiente huracanes de regreso.
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