Inocentes criaturas

Inocentes criaturas
Zaragoza, Editorial Certeza, 2015

Portada del libro

      Los personajes que hallamos en este libro son gente normal y corriente, tanto que incluso sus nombres y apellidos lo son. Encarnan a seres como nosotros, como nuestros amigos o vecinos. Ellos nos contagiarán sus miedos, su anhelo de liberación, sus complejos pensamientos y ansiedades. Sentiremos a su través que esta sociedad en la que vivimos nos oprime y fustiga hasta modificar en cierta forma las bondades intrínsecas de nuestro espíritu. Y seremos testigos de trece singulares y lúcidas historias llenas de sorpresas, pasión y muerte.
      El libro, escrito con un lenguaje esmerado aunque sencillo, no está exento de ironía ni de vetas de humor subliminal; este aspecto nos parece destacable. Las descripciones y los diálogos, de gran calidad, nos facilitan en buena medida ese viaje asombroso al que nos invita el autor. De él dijo Miguel Delibes, allá por el mes de marzo de 1990: «A su viva imaginación hay que unir su lenguaje preciso y limpio, salpicado de brillantes metáforas». Es una sabia opinión que los años se han encargado de corroborar con creces.

      Añadimos a continuación un fragmento de uno de los relatos incluidos en este libro. Se titula Un hombre feliz.

      Miguel Fernández tiene sueño. Lo ha tenido siempre. Y eso que ahora, en su nuevo estado, las cosas le parecen distintas, más pausadas. Es como si la casa hubiese atrapado el tiempo entre sus muros y lo meciese con ternura en la cuna del aire. Hay menos gritos, más calma en el ambiente, mucho más orden y sosiego que antes.
      Diez semanas han transcurrido desde que Miguel enterró a Paula y a los chicos. Las imágenes del accidente van quedando atrás conforme se suceden los días de un estío que tiene las horas contadas.
      Pero Fernández, abogado en ejercicio desde 1974, no puede olvidar. Sabe que nunca, aun viviendo cien años, podrá quitarse de la cabeza las expresiones de sorpresa y espanto que atenazaban las facciones de Paula, que en paz descanse, en el momento del accidente. Y qué decir de sus pobres hijos. Fue todo visto y no visto. Pepi abría sus ojos azules de quinceañera —preciosos, por cierto— con auténtico pavor, mientras el coche derrapaba en la curva y se deslizaba sin remedio hacia el barranco. Y Javi gritaba, gritaba desesperado y se movía con la furia propia del animal enjaulado que intuye cercano el peligro. Fue terrible.
      Adolfo, su amigo de toda la vida, le dice a Miguel que no es cuestión de darle vueltas inútilmente.
      —En esta vida, Miguel, las cosas no siempre salen como uno quiere. Convéncete. Tienes que dar gracias a Dios de estar vivo y sin un rasguño.
      —Es verdad. Pero es que ellos lo eran todo para mí, eran mi vida, Adolfo; mi vida entera. Tú lo sabes mejor que nadie.
      —Claro, hombre, qué me vas a contar. Aún así tienes que superarlo. Yo te aconsejo viajar. Pide un permiso especial en el bufete y vete lejos una temporada. A Londres, a París. O a tu chalet de Coruña, si no quieres salir de España. Aunque mejor a Barcelona o Palma, chico, que Galicia es bonita pero algo triste en septiembre. Disfruta un poco y se te aliviarán las penas, ya verás.
      —No sé, Adolfo. No sé.
      —Hazme caso y no te arrepentirás.
      Y Miguel le ha hecho caso. Ayer abordó por el pasillo de los Juzgados a Ernesto Durán, uno de los socios de la firma. Le ha sacado quince días por asuntos propios. Quince días nada menos.
      Miguel Fernández es un hombre de probada valía, inteligente, culto, muy despierto para los negocios. Cuando se casó con Paula tenía veintisiete años, la cabeza llena de sueños hermosos y los bolsillos vacíos. Acababa de estrenarse como abogado en la compañía y todos hablaban de él como un tipo la mar de prometedor. Tiempos confusos e inestables aquéllos, al menos en lo político y lo social, de mucha competencia, donde solo los mejores tenían posibilidades de sobresalir. Había que luchar con uñas y dientes para alcanzar el pastel de la élite. Y Paula, con ese afán tan suyo de trepar a lo más alto, era siempre un acicate para el joven letrado.
      El primer cambio de domicilio coincidió con el embarazo de Pepi. Vivir en una residencia de las afueras era un verdadero lujo. Además, vestía mucho. Para ir abonando los plazos del chalet, financiado a diez años por una entidad bancaria, Miguel Fernández tuvo que buscarse otros empleos por las tardes. Terminaba en el bufete a las cinco y media, tomaba un cortado deprisa y corriendo en la barra del café y salía disparado con el coche hacia los polígonos industriales. Allí llevaba dos o tres contabilidades en otras tantas medianas empresas de metalistería y fundición.
      Al nacer la niña, todo empeoró notablemente. Paula se encontraba deprimida. El psicólogo la puso en tratamiento a base de sedantes inocuos que anulasen su atípica ansiedad de madre primeriza. Dormía trece y catorce horas al día por efecto de la medicación, leía sin concentrarse y rompía en sollozos de buenas a primeras y sin más ni más. Se hallaba en tal estado que ni siquiera era capaz de cambiarle los pañales a la criatura. Así que Miguel tomó cartas en el asunto y contrató por su cuenta los servicios provisionales de una niñera. Gastos y más gastos. Precisamente por aquellas fechas fue cuando Paula se encaprichó de un hotelito modernista de dos plantas que se vendía, carísimo, en Puentedeume, cerca de La Coruña.
      —Es precioso, Miguel. Reconoce que es un encanto.
      —Un encanto que no podemos permitirnos, Paula.
      —Por favor, cariño, sé complaciente por una vez. Anda, mi cielo, ya verás como nos llega para todo.
      Si Miguel no cede aquel día y se lo compra, ella revienta.
      Al cabo de unas semanas, la depresión de Paula desapareció. Engracia, la niñera, no.

Miguel escuchó unos ruidos sordos, el estallido de algunos cristales y poco más

      Miguel Fernández habló con Joaquín Vallejo, antiguo compañero suyo de la facultad, y éste le proporcionó un puesto como asesor legal en su empresa inmobiliaria. Podría sacar un buen pellizco. Y sin horario fijo, que era lo bueno. Redactaría los informes técnicos en su propia casa y cobraría un dinero fácil. Se trataba de un trabajo bien remunerado.
      Por las noches, Miguel llegaba a su hogar sobre las once. A esa hora, Paula solía esperarlo acostada, leyendo revistas de chismes, que tanto le gustaban. Las compraba por docenas.
      —En el frigorífico tienes una ensalada, cielo —le decía—. Si quieres otra cosa, una tortilla, un puré o lo que sea, me lo dices y te lo preparo en un momento.
      —No, cariño, no te levantes. Me apaño con la ensalada, gracias.
      Y otra vez a comerse la dichosa y avinagrada ensalada de tomate y escabeche. Y de postre, un sobre de Almaxit, muy eficaz contra la acidez de estómago.
      Miguel Fernández se acostaba a las cuatro o cuatro y media. De la madrugada. Y a las siete, arriba otra vez. Y así un día y otro. Todos menos los domingos, que sonaba el despertador media hora antes para llevar a la familia de excursión por ahí. A la casa de Puentedeume, a la sierra o a donde fuese; el caso era salir.
      Javi, el pequeño, nació cuatro años más tarde que Pepi. Y de milagro, porque rara vez coincidían Paula y Miguel despiertos. Cuando él se acostaba, Paula ya se cansaba de mecer sus fantasías en el amable regazo del sueño.
                
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