Caballeros de la luz

Caballeros de la luz
Zaragoza, Ediciones Arbalea, 2004.
Portada del libro
      Tenemos entre manos un libro con dieciocho historias diferentes. Cada una constituye un particular universo, pero todas ellas en conjunto -al margen de asuntos y extensiones- se vertebran en torno a un estilo literario original de traza clásica, con toques de ironía y humor que agradan siempre y alivian el peso de ciertos mensajes.
      Los argumentos no carecen de originalidad e interés. Hasta en los cuentos más breves, o en aquellos en los que lo descriptivo se apodera casi de lo inventado, el asunto aparece como elemento de soporte estructural.
      Se nos cuentan en la entrega historias sugerentes, como la del protagonista de Nadie lleva zapatos en el cielo, un difunto que nos relata, en clave de humor sardónico, su muerte y posteriores decepciones familiares. O esa otra curiosa y bien documentada historia que nos adentra en la ceremonia de iniciación de un profano en una logia masónica, pieza impresionante por su verismo y que, además, da título al volumen, Caballeros de la luz, donde el protagonista nos guía por la senda de sus experiencias rituales.
      Algunos de los relatos aquí reunidos contienen un hábil entreverado de hechos y personajes reales, existentes, veraces, con otros que no lo son en absoluto. El juego literario y los gozos de la creación laberíntica, cobran en este nuevo libro de Ricardo Serna un especial protagonismo. De esta manera, verdad y ficción, vida e imaginación, se hacen objeto literario indivisible y sujeto activo de los cuentos.
      Este volumen se ha escrito para ser leído sin prisa, saboreando cada frase, disfrutando morosamente de los mundos arcanos que el escritor esconde bajo el perfil inquietante y oscuro de los párrafos que conforman sus atractivos relatos.


Leamos un fragmento del cuento Zumo de piña. Descubriremos la pasión y el deseo en los personajes.

      Nos vimos dos, tres veces a lo sumo, en un café de la Gran Vía. Nuestra relación anterior había sido escasa; prácticamente nula, diría yo.
      Conocí a Lidia en el instituto, aunque nunca fue alumna mía, sino de mi buen amigo Joaquín. Él me habló de Lidia por vez primera, de su inclinación hacia temas literarios y creativos y del curioso interés que mostraba por mis libros.
¿No tienes zumo de piña?
      Recuerdo que vino a casa una tarde para hacerme una entrevista. Eran las cuatro y media, estábamos en mayo y hacía calor, mucho calor. Yo me encontraba solo en el piso.
      Le ofrecí una copa y empezamos a charlar.
      –¿No tienes zumo de piña?
      –Pues no, lo siento -respondí.
      –Vale, da lo mismo.
      Me di cuenta enseguida de que Lidia intentaba captar mi atención, llevarme a su terreno, lograr que mis ojos se encandilasen en la piel tersa de su envidiable cuerpo adolescente o en el brillo notorio de sus pupilas sin fondo. Estaba sola con sus dieciséis años a cuestas, sola y ansiosa de amistades nuevas, de experiencias repletas de contenido que fuesen capaces de modificar, de repente y como por milagro, la odiosa rutina de cada día.
      Hablamos largo y tendido al calor de un libro, de mi libro, y acerca de mil asuntos colaterales, como la necesidad creativa o la selección de textos. Y hasta salieron a la palestra, de pasada, los nombres de Torrente, Delibes, Süskind o Bryce, así como algunas de sus obras maestras. En resumidas cuentas, una charla de lo más constructiva y amena.
      Pasó algún tiempo, no mucho, y nos volvimos a ver otra vez en el instituto con ocasión de un seminario de literatura que Joaquín se empeñó en dedicar a mi último libro de relatos.
      Una vez terminado el curso escolar, me marché de vacaciones con Maite, mi mujer, a El Escorial. Nos alojamos allí a cuerpo de rey durante nueve días seguidos y disfrutamos de una paz bien ganada en todo un año de incesante actividad.
      Pero caducó el verano pronto y hubo que regresar a la ciudad.
      Un buen día de fines de agosto, por la tarde, a eso de las cuatro y media, el teléfono me devolvió de repente la inconfundible voz de Lidia, melosa y un tanto quebradiza. Me dijo que había estado de viaje por Egipto y que se había divertido de lo lindo. Hablamos de las vacaciones, de sus exámenes de septiembre y de alguna cosilla más sin trascendencia. Al final, quedamos en vernos al día siguiente, jueves.
      –¿Qué te parece a las cinco?
      –Bien, sí, vale, a las cinco.
      –¿Y dónde quedamos? ¿No te importa venir aquí, a casa? -le propuse.
      –Vale, sí, ya iré pues. A las cinco, entonces, ¿no?
      –De acuerdo, Lidia. Un beso y gracias por llamar.
      —Vale, hasta mañana, Eduardo.
      Colgué el auricular despacito, con miedo a romper el embrujo de su presencia real al otro lado del hilo.
      En verdad, tenerla cerca de nuevo me ilusionaba mucho. Era un sentimiento ambiguo, indefinido, muy raro. Nos unía -creo yo- una extraña amistad repleta de fantasías, deseos y ensueños imposibles. 

Librería París, de Zaragoza

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