Lectura libre de este mes

Lectura libre de un relato completo

      En este apartado se pone a disposición de los lectores textos originales de Ricardo Serna. Cada cierto tiempo -un par de meses o así- se van renovando, de manera que los visitantes asiduos de esta página literaria puedan tener opciones diferentes de lectura.

La merienda
Del libro Inocentes criaturas,  Editorial Certeza, Zaragoza, 2015

             María Engracia Menéndez, abuela paterna de Paquito y Luis Miguel, es vieja, más de lo que a ella le gustaría. Sus nietos son ya hombres hechos y derechos, cuando menos de apariencia. Desde pequeños iban a casa de María Engracia de vez en cuando, primero acompañados de sus padres y luego solos, por su cuenta. Era una sana costumbre que rompieron deliberadamente hace tiempo, tras un conflicto familiar que no viene al caso desmenuzar aquí.
           Hoy, sin embargo, Paquito y Luis Miguel van a subir a merendar a casa de su abuela. Se han enterado, no sé cómo, de que la salud de la anciana está maltrecha, de que le queda poca guerra que dar sobre este mundo.
           Ayer mismo la llamaron por teléfono para concertar la cita. Se puso primero Encarna, hija de María Engracia y, por ende, tía carnal de los chicos.
                 —Hola tía. Soy Paquito.
               —Ya te he conocido, sí. Dime, ¿qué quieres?
              —Pues nada de particular. Solo llamo para ver cómo andáis y para hablar con la yaya un momento. Luis Miguel y yo pensamos subir a verla mañana, si no os importa.
               —A mí no, desde luego. Si quiere recibiros, ella verá. Espera un momento, que te la paso.

Ayer mismo la llamaron por teléfono...

               Se puso entonces María Engracia al teléfono.
               —¿Diga?
               —Soy Paquito, yaya, tu nieto.
               —¿Quién dice?
               —Tu nieto, yaya, Paquito. Tu nieto Paco.
             —¡Ah, ya, Paquito! Que no caía, hijo. Como hace años que no sabemos nada de vosotros...
              —Por eso te llamo, yaya. Es que Luis Miguel y yo tenemos muchas ganas de verte. Habíamos pensado subir mañana a darte un abrazo, si no te parece mal.
            —¡Que me ha de parecer mal, hombre! No faltaría más, Paquito, hijo mío. Venid cuando queráis, claro que sí. ¡Menuda alegría que me das con tu llamada!
              —Pues mañana subiremos, yaya, a eso de media tarde.
              —De acuerdo, Paquito. Ya os prepararé un chocolate para merendar.
              —Vale, yaya. Estupendo.
             En el fondo de su corazón, María Engracia sabe que vienen a verla por quedar bien con ella, pero prefiere no enterarse y vivir por unas horas la ilusión de que la visita de sus nietos responde al cariño que le tienen, a los recuerdos de su infancia o al simple lazo familiar que los une, en vez de al rastrero interés puro y simple.
            María Engracia carece de formación, de cultura; es una mujer sencilla y más rural que otra cosa, pero no tiene un pelo de tonta. Conoce el alma humana y es consciente de que se está muriendo a toda prisa. Sus nietos no han venido en años a visitarla, y ahora, de repente, la reclaman deshechos en amor y queriendo verla a toda costa. Se les ve el plumero de lejos, igual que a las picarazas.
           Pasan las horas. Llega la noche y Engracia descansa plácidamente en su lecho, recordando los tiempos en que sus nietos la querían de verdad, sin que mediase testamento alguno. Le duele pensar que los hijos de Luis, su vástago del alma, favorito entre todos desde pequeño, se dispongan a rapiñar como aves carroñeras los restos de una vida llena de trabajo y sacrificios.
            Hoy, a pesar de lo nublado del día, Engracia se ha levantado pronto. Lo cierto es que no ha dormido mucho, pero al menos ha repuesto energías, que en su caso ya es un logro. Entre la mucha edad y la poca salud, los días se le hacen cada vez menos llevaderos.
             Por la mañana, a eso de las once, ha bajado a comprar algunas cosas con las que obsequiar a sus nietos por la tarde: cacao para hacer chocolate, mermelada extra de ciruela, que le gusta mucho a Paquito, y unas galletas con fibra que son exquisitas. De paso, ha visitado a su amiga Pilar, la boticaria. Tiene la farmacia a dos calles de su casa. Pilar es del mismo pueblo que ella, aunque treinta años más joven. Prácticamente la vio nacer, pues Engracia y la madre de Pilar eran uña y carne.
             —Ya que estoy aquí, Pilar, me darás aspirinas, elixir para la boca, el laxante que me llevo siempre y un poquito de sulfato de nicotina. El sulfato me lo preparas, que ya volveré a buscarlo.

El sulfato me lo preparas, que ya volveré a buscarlo.

               —¿Sulfato de nicotina dices, Engracia? ¿Ya sabes que eso es un veneno?
              —Por eso te lo pido, mujer. He oído decir que va de perlas contra las ratas, y me temo que yo tengo un par en casa de las que he de ocuparme hoy mismo.
               —¿Que tienes ratas en la casa? ¡Venga ya, mujer, no me hagas reír!
            —Allá tú si no te lo crees; no pienso discutir contigo, boticaria. Me preparas el sulfato y en paz, ¿de acuerdo?
            —Bueno, mujer, pues nada. Lo haré por tratarse de ti, Engracia, pero has de prometerme que tendrás cuidado.
                —Lo tendré, hija mía, lo tendré.  

                                                  

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