Los días amargos

Los días amargos
Zaragoza, Editorial Combra, 2000. Segunda edición, enero de 2001.
Portada del libro
      Eduardo Gros, protagonista y narrador omniscio de esta historia, nos cuenta en primera persona uno de los capítulos más duros de su peripecia existencial. Se trata de una novela autobiográfica. A lo largo de sus páginas, el personaje central relata paso a paso el impensado y rápido proceso que le lleva, partiendo de la normalidad más rotunda, hasta los durísimos abismos de la enfermedad y los umbrales de la muerte.
      El personaje de Eduardo se pone al servicio del escritor, convirtiéndose en su alter ego. De ese modo, a pesar de que la experiencia narrada es verídica, el escritor consigue el alejamiento indispensable para confeccionar un relato literario fluido y correcto, donde la pasión y crudeza de los argumentos se matizan gracias al tamiz de la mejor y más cuidada expresión narrativa.
      Eduardo Gros, el protagonista de la novela, pasa de ser un joven ciudadano normal y corriente, con su trabajo, proyectos e ilusiones, a sentirse condenado sin remisión por un cáncer que le trunca la vida. No logra asumir bien la situación ni entender los porqués de la misma. Se interroga inútilmente acerca del sentido de su existencia y termina por aceptar, a duras penas, que el destino le ha jugado una mala pasada.
      Es el combate entre la realidad y la esperanza, la lucha humana contra las propias limitaciones. Un relato emocionante y cálido que nos plantea, sin falsos dramatismos, una situación límite en la que mañana mismo cualquiera de nosotros podría verse inmerso. Un viaje apasionante, un testimonio valiente y un positivo mensaje de esperanza.
      Los días amargos es una novela cruda y amable, tierna y grave, lírica, llena de emociones. La segunda edición del libro salió a la venta en enero de 2001.

      [Este libro está recomendado por la "Asociación Humanismo y Progreso" y por la "Asociación Española contra el Cáncer", por considerar ambas que los contenidos argumentales del libro son de interés humano y social].

Podemos leer un fragmento de esta impactante novela autobiográfica. El texto pertenece al capítulo octavo, titulado La biopsia.

      De los días que siguieron, apenas consigo rescatar nada importante. El sábado empecé a comer un poco de puré; unas cucharadas apenas, aunque sin apetito. Había momentos en los que nada, ni la mirada cariñosa de Laura, conseguía sacarme de los hondos infiernos oscuros por donde deambulaba mi pensamiento. Cerraba los ojos e imaginaba cómo sería la muerte, en qué consistiría. Un sueño largo quizá. A lo mejor -me decía- es como dormir, un dejarse llevar, un evadirse de todo y de todos, un abandonarse en el espacio de la propia mente. Hasta llegué a compararla con la anestesia del quirófano. Algo así ha de ser, pensé. Uno acepta, se abandona en sus brazos y ella te cubre despacio, igual que la silueta de una nube itinerante. Igual quizá que la sombra amable de aquellos tilos floridos de mi adolescencia bajo los que leía versos y más versos durante horas. 
Estaba firmemente seguro de que iba a morir

      Procuraba hacerme a la idea lo antes posible porque estaba firmemente seguro de que iba a morir. En los ojos de mi mujer veía nerviosismo, cierto desánimo fugaz a veces, y eso me hablaba de que no había esperanzas razonables de supervivencia.    Haber salido con vida del quirófano ya fue todo un logro que me sorprendió en buena medida, así que tampoco era cosa de pedir imposibles. La muerte parecía, en mi caso, un trámite indeclinable. No era lógico empecinarme en lo contrario. Además, la lucha aparentaba ser inútil. Y aunque casi nadie a mi alrededor, excepto los médicos, Laura y alguno más, era consciente de la enorme gravedad del asunto, yo presentía que pronto iba a venir alguien hasta mi cama para confesarme la verdad completa, es decir, que me estaba muriendo.
      Tenía que hallarme preparado para escuchar la noticia sin inmutarme lo más mínimo. Incluso para contestar que sí con la cabeza y sonreír levemente al mensajero en prueba de gratitud. Ahí estaba mi obsesión, mi tortura, mi desatiento o desasosiego amargo.
      El día trece, martes -mal día para supersticiosos-, fue todo muy bien. Por la mañana se recibieron en la clínica los resultados de la biopsia. Javier Vinué subió muy contento a la habitación y nos dijo que los análisis del departamento de biopatología habían salido estupendamente.
      -Esto está muy bien, bastante mejor de lo que se podía esperar en principio -señaló.
      Por lo visto, el tumor, un carcinoma epidermoide de diecisiete milímetros de anchura, infiltraba la submucosa y algunas fibras musculares estriadas, pero no afectaba a los ganglios linfáticos extirpados, que se hallaban sin metástasis.
      Al salir el médico de la habitación, Laura fue tras él. Abordó a Javier en el pasillo a fin de aclarar algunos puntos oscuros que no terminaba de entender.
      -¿Oye, por favor, Javier, qué has querido decir con eso? Es que no estoy segura de haberlo comprendido bien.
      -Pues mira, está muy claro: según la biopsia, el tumor sólo afectaba a la zona que se operó. Se le quitó la tumoración y en paz. Ahora es cuestión de que pase un tiempo prudencial a ver cómo evoluciona con los tratamientos al uso.
      -¿Me quieres decir que se va a salvar?
      -Mujer, no sé. Ya te digo que habrá que esperar a ver cómo reacciona ante el postoperatorio y ante la quimioterapia y las radiaciones, pero en principio creo que podemos ser un poquito más optimistas que ayer, ¿de acuerdo?
      -Sí, gracias. Muchas gracias, Javier.
      -Venga, de nada, mujer. Y arriba ese ánimo, Laura, que la cosa va muy bien por el momento, de verdad.
      Miguel Ángel Rodrigo, en cambio, no le había dado la menor esperanza. Claro que aún no se conocían entonces los alentadores resultados de la biopsia. Por cierto que en aquel momento Miguel Ángel se hallaba en Tenerife, disfrutando de unos días de vacaciones.
                            
Librería París, de Zaragoza

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