Anecdotario y curiosidades

Francisco Umbral, un escritor con don de palabra
      A Francisco Umbral, uno de los escritores predilectos y más valorados por Ricardo Serna, también le acontecieron anécdotas curiosas a lo largo de su vida literaria. Veamos ahora algunas de las vividas por el autor aragonés.

Unas pocas curiosidades

-Ricardo Serna nació el 28 de octubre de 1954. Pero su padre, cuando lo inscribe en el registro civil, da como cierta la fecha del día anterior. Por esa razón, en la mayor parte de los documentos oficiales, figura el día veintisiete como su fecha de nacimiento. El despiste del escritor viene de familia.

-Serna ha manifestado alguna vez, en el contexto de entrevistas concedidas a periódicos o emisoras de radio, que le parece no haber tenido niñez, pues apenas consigue acordarse de algunos detalles puntuales de la misma. "Recuerdo bien -dice- las manos delgadas y huesudas de mi abuelo Tomás, padre de mi madre. Lo veo tendido en la cama, en la primera habitación, junto al recibidor de la casa. Sé que tenía bondad en la mirada, pero sin embargo no consigo dibujar con nitidez su rostro en mi cabeza. Me lo quiero figurar como un Alonso Quijano con la cadera rota, malherido tras batallar con los gigantes de su vida".

-En un cuento titulado "El paraguas", integrado por ahora en su libro El hombre que leía libros delgados, todavía inédito, Ricardo Serna transcribe una divertida anécdota que le contó hace años su tío Sixto Galindo, hermano de su madre. Cuando se la oyó por vez primera, le hizo bastante gracia, y pensó que sería aprovechable desde el punto de vista literario. Procuró grabarla con claridad en los archivos de la memoria. Pasados muchos años de aquello, no pudo por menos que plasmarla en el susodicho relato. La literatura de Serna es cercana en argumentos, asequible, llena de guiños a la realidad que nos rodea. Por eso a veces se inspira en la vida como trampolín para recrear historias de ficción, o en la ficción para retocar a su aire los hechos reales. Algo similar ocurrió a su vez con dos historias que escuchó de boca de su primo Pedro José. Ambas se hallan incluidas en sendos cuentos, titulados "Una amiga de mamá", el primero, y "El heterodoxo conde de Mountbatten", el segundo. Estos relatos breves pertenecen igualmente al citado libro inédito El hombre que leía libros delgados.

-La tenacidad es una de las armas con las que cuenta Ricardo Serna a la hora de escribir. Una vez pergeñó un relato titulado "Esos muertos no son míos", que luego se publicó en su libro Los escritores. Como no le gustó el desenlace de la historia, lo rehizo entero nueve veces, hasta que le pareció adecuado y dio por terminado el proceso de escritura de la narración.


La puntualidad es una de las obsesiones del escritor.
-La puntualidad es una de las obsesiones del escritor. No suele llegar a sus citas antes de la hora convenida, pero tampoco minutos después. Si en alguna rara ocasión ha sucedido, puede uno estar seguro de que dicho retraso -leve, en el peor de los casos- no será imputable a su propia voluntad, sino que obedecerá a circunstancias extrañas o a causas atribuibles a terceros.

-Un día, mientras firmaba ejemplares de su libro Los escritores en una feria del libro, se le acercó una señora mayor muy peripuesta, y con gran afecto le dijo que era para ella un inmenso placer haber dado por fin con él para que le dedicase un libro de su puño y letra. Serna se sintió halagado por las palabras de la dama y le dio las gracias de inmediato. Entonces, la mujer dejó sobre la mesa un ejemplar de El novelista, de Ramón Gómez de la Serna. El escritor se percató al instante del craso error de la señora, pero no quiso defraudar sus expectativas y, tras preguntarle su gracia, le dedicó el libro con la siguiente frase: "Para María Fernández, cuya fe de lectora traspasa los tiempos de vivos y muertos". Firmó debajo con su nombre y apellido y la buena mujer se fue a casa la mar de satisfecha. Qué le vamos a hacer. Esperemos que Ramón no me lo tenga en cuenta -comentó luego con el librero-. Estaba la pobre tan ilusionada…"

-En una entrevista que hicieron a nuestro escritor en la Feria del Libro de Guadalajara, allá por la década de los noventa, y en respuesta a una pregunta del periodista acerca de los esclavismos que impone el quehacer literario, respondió el aragonés: El escritor que busca celebridad, que se esclavice. Merece todo mi respeto, desde luego, pero a mí no me interesa eso lo más mínimo. Es un aspecto de la creación literaria que creo tener superado. El hecho mismo de sobrevivir ya le esclaviza bastante a uno como para atarse además a convenciones literarias ni a zarandajas corteses. Hubo un tiempo, a mis veinte y treinta años, en que me interesé por la fama, por obtener notoriedad en mi carrera de escritor. Ahora, como le digo, eso me importa un bledo. Solo me interesa el reconocimiento de los que de verdad saben y conocen, esa media docena cabal de personas que sí están capacitadas para juzgar mi obra, mi estilo o mis hechuras de escritor; las mías o las de cualquiera. Y en este sentido soy un privilegiado, porque he recibido algunas opiniones muy positivas en relación a mi trabajo. Lo otro es pura fanfarria. Por eso mismo me prodigo poco y no me dejo ver en exceso en acaecimientos evanescentes en los que los escritores suelen presentarse para que les digan lo mucho que valen -aunque no les hayan leído ni una sola línea de obra- y les echen de comer unos aplausos los cuatro zoqueteros de turno. Esta respuesta es propia de una persona sincera.

-El domingo 30 de octubre de 2016, Ricardo Serna se enteró por casualidad, a través de su cuenta de Facebook, que allá por 1984 -no ha llovido ni nada desde aquellos días-, el entonces periodista del Diario Palentino Gonzalo Ortega Aragón, había formado parte activa del Jurado que le otorgó el I Premio de Narrativa Tomás Salvador. Lo supo a través de Jesús Mateo Pinilla, uno de sus contactos en la red social, quien le aclaró además que Ortega Aragón, Académico de número de la prestigiosa Institución Tello Téllez de Meneses desde 1997, le comentó en su día: "Ricardo Serna es muy buen escritor porque elige las palabras con escalpelo". No deja de ser una bonita metáfora que viene a conformar un juicio de valor positivo, otro más, acerca del buen hacer literario del escritor aragonés, quien se enteró de todo esto al cabo de treinta y dos años de haber acontecido. Nunca es tarde si la dicha es buena. 

                                                               
Librería París, de Zaragoza


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