El laberinto de los goliardos

El laberinto de los goliardos
Zaragoza, Ediciones Arbalea, 2005
Portada del libro
      El laberinto de los goliardos es una inquietante y deleitosa novela en la que Serna nos presenta un personaje narrador, Jaime Iturbe, que se dibuja enseguida en la mente de los lectores como el factótum esencial del relato.
      Iturbe, profesor de instituto y escritor aficionado al jazz, nos cuenta en primera persona una impagable vivencia que cambia su manera de contemplar la vida y la forma de ver su propia realidad como ser ubicado en el tiempo.
      Un buen día, cansado de la rutina urbana, Jaime Iturbe decide comprarse una vieja casona de piedra en Sopeira, población pirenaica en cuyas proximidades se halla el célebre monasterio románico de Alaón con sus turbadores misterios.
      Los conceptos de tiempo y espacio van a ser los goznes sobre los que gire la tesis de la novela. El tiempo como irrealidad, la sucesión de los siglos como simple artificio de la inteligencia. En un laberinto de subterráneos y enigmáticos pasadizos secretos, Jaime Iturbe descubre con asombro que los conceptos que utilizamos para definir y ordenar el tiempo material –pasado, presente y futuro- no son en verdad sino meras ilusiones de la razón práctica.
      Al misterio de los argumentos vertebrales hay que unir el interés de las varias historias paralelas que se suceden y entrelazan, como por ejemplo el erotismo que irradia un lance amoroso entre Iturbe y Susana Alconchel, la joven maestra del pueblo, así como la belleza formal de las descripciones que pueblan la novela y la naturalidad de los diálogos, que se cuelgan con ligereza y oportunidad de los diferentes capítulos.
      En definitiva, El laberinto de los goliardos es una sugestiva narración que nos inundará los ojos y el cerebro de la magia inherente a la pluma del autor.
      Hallaremos la gratificación en la historia, pero también -y desde la primera línea- en la misma lectura de los textos.

      Leamos un fragmento de uno de los capítulos de la novela, donde Serna nos relata una incursión del protagonista por los pasadizos secretos.

      Al cabo de unos segundos de meditación, de pronto me pareció escuchar unas risas lejanas. Turistas, pensé. Y sin encomendarme a Dios ni al diablo, me lié la manta a la cabeza y empecé a descender por la escalera de caracol todo lo deprisa que me fue posible. Ni siquiera me dio tiempo de comprobar la solidez de los peldaños. Nadie debía sorprenderme en aquella tesitura; la discreción era esencial en mi tentativa.
      La compleja estructura de aquel estrechísimo pasaje de bajada era tan cerrada en torno a su eje de giro que los peldaños, por su parte más ancha, apenas me permitieron asentar un pie completo de manera lateral; las pisas podían medir entre quince y veinte centímetros, no más. Aquello estaba sucísimo, lleno de mugre y densas y añosas telarañas. Una vez que me hube metido dentro por completo, y reuniendo de no sé dónde fuerzas de flaqueza, guardé la palanqueta en su funda y arrastré a continuación la losa por el solado hasta que ésta encajó a duras penas en el marco de piedra que acogía desde antaño sus aristas, inmóviles durante siglos.
      Al cerrarse la trampilla sobre mi cabeza, la escasa luz natural desapareció de golpe. Recuerdo que fue una sensación agobiante que hasta me produjo un cierto desasosiego físico momentáneo. Reaccioné sin dilación al escuchar, bastante cerca esta vez, una conversación en francés entre un hombre de mediana edad y una mujer, o una chica, mucho más joven que él. Sin duda, alguien visitaba el interior de la iglesuela en ese momento. Se oían los ruidos tenues de sus pisadas, pero jamás pude contemplar el perfil de sus rostros.
      Estaba contento por no haber sido descubierto indagando en el interior del monumento. Una vez dentro de la escalera no parecía prudente volver la vista atrás y desandar el camino. Había que echarle valor al asunto y tirar hacia delante.
      La luz de la linterna creaba de continuo a mi paso sombras alargadas y deformes, fantasmagóricas siluetas semejantes a difusos personajes del Greco que apenas tenían unos segundos de vida real. Avanzaba con tiento, muy despacio, mirando dónde ponía el pie antes de dar cada paso. La escalera era idéntica en sus tramos inferiores: cerrada por grandes losas de piedra a ambos lados, retorcida como una soga, sin respiraderos, agobiante, interminable. Había descendido un par de metros cuando la luz de la linterna consiguió localizar una especie de hueco en el lado derecho. Pensé al principio que podría tratarse quizá de una tronera de ventilación, mas al llegar a su altura comprendí que no, pues se hallaba sellado en el fondo por una gran losa vertical que convertía el hueco en un simple nicho aislado y completamente vacío. Todavía hoy ignoro cuántos metros descendí en total; calculo que unos doce o trece por lo menos.

La angostura no tendría sino medio metro de ancho a lo sumo
      Al final de la escalera, cuyos tramos, ya digo, eran idénticos, se abrió ante mí un pasillo recto y alargado, tan estrecho -si no más- que la propia escalera de descenso. La angostura no tendría sino medio metro de ancho a lo sumo, y hasta es posible que me exceda en la apreciación de su medida, pues apenas sobraban unos centímetros a ambos lados de mis hombros.
      Alumbré entonces hacia el fondo. La luz blanquecina de la lámpara se iba diluyendo inexplicablemente en medio de una neblina beige que parecía arrastrarse por el suelo del corredor y que fue capaz de helarme la sangre en un santiamén. Miré hacia abajo y me di cuenta de que mis pies habían desaparecido. Esa niebla finísima los había envuelto de manera indolora. En ese momento, imagino que por instinto, apoyé el cuerpo contra la pared y subí, alarmado, la pierna izquierda; necesitaba verme los pies, uno al menos. Retrocedí un paso, dos a lo mejor. Agucé al máximo la vista y el oído al objeto de entender los porqués de situación tan inusual. No había perdido todavía mi sentido de la realidad, aunque el mero hecho de atravesar la losa de la iglesia para entrar en el hueco de la escalera de caracol ya era, de alguna manera, una forma de perder contacto con el mundo de lo sensato, de lo tangible.
      Tenía los pies en su sitio, estaba entero y aquella boira singular no parecía demasiado peligrosa para mi integridad física. Molesta sí, mucho, pues a partir de su aparición me vi obligado a caminar tanteando con la puntera de mis zapatos antes de dar cada paso adelante. Aquella situación persistió hasta que hube cruzado en línea recta los veintitantos metros -calculo- del pasillo. Al fondo del enfoscadero nacían dos caminos, uno a la izquierda y otro a mi derecha. La neblina desapareció en ese punto, de tal forma que pude ver otra vez las losas de piedra por donde se movían mis pies. Recuerdo bien la sensación de alivio, dado que mi preocupación por pisar en suelo firme ya iba resultándome insostenible.
      En aquel punto de mi viaje subterráneo recordé que las pilas de la linterna podían agotarse. Hubiera dado algo de valor por tener baterías de repuesto y una buena brújula, ya que ignoraba por completo el sentido de mi marcha. El descenso por la escalera había roto en mí cualquier residuo de orientación instintiva. En realidad, allí dentro no gocé de tiempo sobrante para el anhelo o el arrepentimiento. Las cosas estaban como estaban y no era cuestión de lamentarse. Me dio la sensación de que el tiempo se congelaba en el interior de los túneles y el miedo aceleraba más si cabe mi ritmo cardiaco.
      ¿Hacia dónde ir? Giré a mi derecha sin motivo lógico. El pasillo seguía oscuro como boca de lobo e igual de estrecho, aunque ligeramente más alto. Se desviaba con brusquedad hacia la izquierda a los pocos metros de la bifurcación, de tal manera que en un abrir y cerrar de ojos desemboqué en otra galería semejante -estoy convencido de que se trataba de la de la izquierda- al fondo de la cual, muy lejos y en línea recta, me pareció divisar de pronto una luz muy tenue que se desvaneció enseguida como una ilusión incómoda.

Librería París, de Zaragoza

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