Los escritores

Los escritores
Jaén, Riquelme y Vargas Ediciones, Col. Libro Amigo, con Prólogo de Juan Manuel Matés Barco, 1995

Portada del libro

      Quien conozca la literatura perfeccionista de Serna, no se sorprenderá demasiado ante esta docena de relatos intensos y de excelente factura, escritos con precisión, lirismo y buen sentido narrativo.
      Se nota un mimo cuidadoso y especial en las ambientaciones, y no duda el escritor en situar a sus personajes en lejanos escenarios, como Rusia o Albania, territorios imaginados a veces en los que resuelve los argumentos con finales que fascinan.
      Como escribió el malogrado crítico y actor cultural Félix Romeo, los personajes de Ricardo Serna son "criaturas normales que reflexionan como única solución para salvar su soledad" (Félix Romeo Pescador, Diario 16 de Aragón).
      Resulta interesante por demás la utilización del lenguaje, muy atinado en sus diversas variantes expresivas, capaz de adaptarse a la entidad de los personajes, alcanzando altas cotas líricas a veces o descendiendo a espacios prosaicos por los que se llega incluso a indagar con acierto en el difícil y escabroso territorio de lo confesional.
      Escritores tan admirados como Dolores Medio, Alonso Zamora Vicente o Miguel Delibes, han corroborado luego los juicios positivos de la crítica con sus propias opiniones.
      En esta ocasión, Serna incorpora doce argumentos distintos, unidos por el lazo de algunos personajes ocupados en el noble oficio de la escritura. Doce relatos que nos asombrarán por el fondo y por la forma, por las historias y la manera de contarlas.

He aquí el cuento titulado El escritor callado, incluido en la entrega. Se trata de un relato breve donde se nos habla del mito del hombre derrotado.

      Antonio Redondo había heredado la casa de Fuentefría a la muerte de su abuela Luisa, la madre de su padre. Y al morir éste, quiso olvidar las penas que ofrece la vida refugiando su amargura en el antiguo caserón familiar.
      Todos, tanto sus amigos -más bien escasos, por cierto- como los parientes más allegados, le desaconsejaron el retiro en la casa de campo. Antonio prefirió hacer oídos sordos a semejantes opiniones y huir cuanto antes de la ciudad inclemente.
      Los preparativos fueron breves, aunque el estado de la casona le impidió, de momento, gozar de las comodidades que le eran familiares en su apartamento de la ciudad. No importaba, el caso era estar lejos de aquel infierno de soledades que le asfixiaba cada día con mayor tenacidad.

Antonio Redondo vivió feliz en el campo -tranquilo, mejor dicho- durante seis o siete meses.

      Antonio Redondo era considerado por sus conocidos como un escritor con posibilidades. A sus treinta y siete años, tenía dos libros editados y un montón de novelas, artículos y ensayos a la espera de una oportunidad que no llegaba. Todos lo sabían y no le faltaban los ánimos de sus compañeros de trabajo. Porque Antonio Redondo no se ganaba la vida escribiendo, desde luego, sino ejerciendo la docencia en un centro de enseñanzas medias como profesor de literatura.
      Una vez instalado en el campo, Antonio procuró descansar; descansar y olvidarse del mundo, del ruido, de la enfermedad que le aquejaba y del frenético vivir de la urbe al que nunca terminó de acostumbrarse.
      Podría decirse que Antonio Redondo empezó a respirar desde que llegó a la casona del río. Al atardecer, aquel lugar tenía mucho de mágico. Las hojas otoñales, amacigadas, muertas, caídas, le mostraban la poesía toda que ofrece la parca del otoño en la campiña. La naturaleza y él, paseante siempre por caminos que iba conociendo poco a poco, llegaron a ser amantes silenciosos, cómplices de un momento suspendido en el aire mudo de las horas canosas vespertinas.
      Antonio Redondo vivió feliz en el campo -tranquilo, mejor dicho- durante seis o siete meses. Al cabo de ese tiempo, los pocos amigos que lo eran de verdad comenzaron a dar señales de vida. Primero le visitó Juan Manuel, un compañero del instituto.
      -Esto es delicioso, chico. Ahora entiendo que cogieses la excedencia. A ésto le llamo yo vivir como un rey, si señor.
      Y siguió deshaciéndose en elogios hacia la casa y el buen gusto de Antonio hasta el mismo momento de regresar a la ciudad.
      Otro tanto pasó con Soriano. Carlos Soriano, funcionario y amigo de Antonio Redondo desde la infancia, se presentó un buen día en la casona sin avisar.
      -Ya veo que sabes hacer bien las cosas, hombre. Así se las ponían a Carlos IV.
      Un rey u otro era lo de menos. Es claro que la historia no era su fuerte, ni mucho menos, pero lo que contaba en verdad era la filosofía, el fondo, la esencia de la frase. Así que todos parecían coincidir en la creencia de que Antonio Redondo se hallaba la mar de bien en su retiro de Fuentefría.
      Y en cierto modo no se equivocaban. Allí podía sentir más de cerca la lluvia, la enérgica voz del trueno en la tormenta, el gemir tristón del río vecino y hasta el crepitar de las ramas secas bajo sus pies lentos y andariegos.
      Su moral, sin embargo, había decaído bastante desde su marcha de la ciudad, seguramente por el ritmo solitario de su nueva existencia. Seguía escribiendo, pero en los argumentos de sus relatos ya no se vislumbraba la mínima esperanza. Sus personajes se oscurecían con él, perdiendo así todo ropaje o seña de vitalidad. Antonio Redondo se estaba muriendo. Y con él se iban también aquellas esperanzas de sobresalir, de llegar a ser un escritor conocido y respetado. Redondo se moría de angustia, de soledad, de hastío y, según creía él, de cáncer. Conocía su grave dolencia desde hacía tiempo, pero los médicos le habían dado todas las esperanzas posibles de curación.
      Fue su corazón quien le traicionó al final. Un buen día -miércoles para más señas- sintió una punzada en la parte izquierda del pecho. Era como si le estuviesen clavando un finísimo estilete veneciano. Luego se desplomó junto a la mesa camilla del cuarto de estar, sintió una rápida sensación de asfixia y todo acabó en un santiamén.
      Veinte días justos después del sepelio, llegó una carta a su nombre hasta la casa de Fuentefría. Tuvo que abrirla su albacea, por cierto. En ella, una prestigiosa editorial solicitaba su permiso para empezar a publicar, a bombo y platillo, todas sus obras, una tras otra. Decían de ellas, y en especial de las novelas, que tenían un lenguaje cuya virtud principal consistía en el arte de conjugar la pasión y la fuerza de la palabra con la dulzura fresca del sentimiento humano.
      Y aún hoy, transcurridos quince años desde su fallecimiento, lo siguen repitiendo como idiotas.
                             
Librería París, de Zaragoza



   
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