Sombras de Madrid
Ariel, un viejo y reconocido escritor español septuagenario,
repasa algunos episodios especiales de su vida. El protagonista y narrador nos
relata vivencias de su infancia y juventud en el duro e irrepetible Madrid de la posguerra, donde los ecos de la
vida y la muerte se funden con el vaho de la respiración en las mañanas heladas
de la capital.
La obra, no exenta de
humorismo e ironía, es una mirada caleidoscópica a la
existencia diaria de buen número de tipos cuyas vidas se nos descubren y entremezclan en un
laberinto colmado de esbozos y anotaciones.
Se trata de una novela coral, en
la que las acciones de seductores personajes se desarrolla en
paralelo, nos transporta en el tiempo y nos permite gozar de las peripecias y
vicisitudes de unos seres que se debaten entre la esperanza y la supervivencia,
entre la ternura y las bajas pasiones humanas, entre el misterio y la
cotidianidad.
Esta novela está escrita con un lenguaje medido y esmerado, aunque no por ello menos sencillo en apariencia. La obra lleva una destacable carga de humor, sensualidad y crítica. De Ricardo Serna dijo Miguel Delibes en 1990: «A su viva imaginación hay que unir su lenguaje preciso y limpio, salpicado de brillantes metáforas», opinión fundada que el paso del tiempo se ha encargado de corroborar.
En definitiva, el autor nos ofrece una novela original que rebosa buen hacer y unos argumentos donde se reflejan la historia de una España todavía cercana –la de la posguerra nacional del pasado siglo– y un segundo nivel de mayor hondura que invita a meditar acerca de la necesidad de amor, cariño y afectos que todo ser humano tiene. Formidable novela.
Añadimos a continuación el capítulo, numerado como Treinta y dos, donde el narrador nos describe una anécdota protagonizada por Marcelino Manganegra, procurador en Cortes y personaje peculiar en la novela. Se trata de una simpática recreación literaria basada en la divertida anécdota que protagonizó supuestamente Camilo José Cela en su escaño del Senado y que, por cierto, oficialmente nunca se produjo de esa manera.
Guillermo Fatás lo explica divinamente en un artículo de opinión publicado el 21 de julio de 2016 en el periódico 20minutos, texto aclaratorio de muy recomendable lectura.
«Tengo recién dicho que por Madrid corrió la especie de que don Marcelino Manganegra y Rodríguez del Higo, que así se apellidaba el prócer, hombre de Onésimo y servidor de las banderas triunfadoras y del circunspecto régimen, procurador en Cortes y reputado letrado capitalino al servicio de las clases altas, se las había visto sabrosas y placenteras con Paca Rodrigo Hälder, prostituta de la Gran Vía, y que en su vientre —de ella— había diseñado la jeta del futuro Pepito Fuentes. Vaya usted a saber si la hablilla de marras tenía visos de realidad o no. Yo creo que no, pero no sé.
Don Marcelino, atrabiliario y acre, portaba cara de malas pulgas y de peores amigos. Cabello ralo, canoso, cuatro pelos pidiendo caridad por los laterales de su cabeza grande; belfos anchurosos, ojos grises y un poco saltones, napias de cortesano y doble papada que parecía triple o cuádruple. Hablaba con vozarrón tronante, utilizando la placidez categórica de quien se cree con razón sobrada en todo, dejando así las cosas sentadas y hasta recostadas en el triclinio de la comprensión. Parlaba don Marcelino diciendo sus cosas ex cátedra, como el que ofrece lecciones gratuitas de las disciplinas más diversas. En esto me recordaba un poco, salvando distancias, a Pedro José Beltrán, mi hermano de logia. De todo sabían ambos y de todo habían de opinar.
—Al que nada dice, nada se le oye –aseveraba, engolado–. ¡Hay que hablar, coño, y hablar alto! Que los únicos que deben callar en este país son los rojos y los muertos –sentenciaba.
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Don Marcelino ocupó escaño en las Cortes la friolera de veintinueve años ininterrumpidos. [Foto F. Catalá] |
—Mucho rojo es lo que hay en España. Si de mí dependiese, ¡se iban a enterar esos masonazos de lo que vale un peine!
Concluidas las sesiones en el hemiciclo, y con los primeros movimientos de la zaga y del vientre tras largas sentadas políticas, a don Marcelino se le removía el bandullo y se escapaban de su popa tres, cuatro, cinco y hasta seis cuescos medianos y bien sonoros que iba desgranando al compás de sus primeros pasos en dirección a la puerta de salida.
Contaban que una tarde, allá por febrero de 1961 (don Marcelino ocupó escaño en las Cortes la friolera de veintinueve años ininterrumpidos; al final se cansó de lo mismo y colgó el oficio motu proprio), contaban, digo, que una tarde de febrero, de esas tardes de frío destemplado y necio calabobos, en las que después de comer parece obligado echar una cabezada, un reportero de radio destinado en las Cortes pilló a don Marcelino en el séptimo cielo. El periodista, modoso él, dejó que el procurador durmiese a placer recostado en su poltrona, y una vez despejado y vuelto en sí, se acercó hasta él aprovechando un receso en la sesión parlamentaria, a fin de saludarlo y solicitarle una breve entrevista.
—¿Me permite usted, don Marcelino? Es para la radio.
—Acérquese, joven, no faltaría más –le dijo el ínclito papudo.
—Muchas gracias. He venido antes, sabe, pero he visto que estaba usted dormido y...
Qué quiso oír don Marcelino. De pronto, hecho un basilisco, interrumpió al reportero con auténtico furor en la mirada:
—¡Pero qué dice usted, hombre de Dios! –exclamó colérico, al tiempo que descargaba un manotazo brutal contra el sobre de su pupitre, que crujió–. ¿Cómo que estaba dormido? ¡No diga necedades, coño!
El reportero, con los ojos como platos por el terror, pretendió explicarse, pero todavía fue peor el remedio que la enfermedad.
—Don Marcelino, por favor, yo le ruego...
—¡Que se calle, hombre, que se calle! Usted, en todo caso, me habrá visto durmiendo, no dormido, so memo.
—¿Y no es lo mismo, señoría, estar dormido que estar durmiendo? –preguntó el cronista, entre admirado y temeroso.
—¡De ninguna manera, pollo! ¿Es acaso lo mismo estar jodido que estar jodiendo? ¿A que no? Pues ahí lo tiene.
Y en ese punto se agotó aquella tarde la entrevista».
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