Ricardo Serna, escritor vocacional

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En nombre del escritor, queremos agradecer su presencia en este sitio, su navegación amable y su cordialidad. Visite este blog siempre que lo desee.


Al habla el autor. Unas palabras de salutación


Ricardo Serna 

   Buenos días a todos. En términos generales, podríamos decir que los escritores buscamos muchas y variadas cosas en nuestros blogs, y es habitual que éstos sean a veces ventanas multifuncionales con un buen número de propósitos, tanto explícitos como implícitos. No es mi caso. Yo solo pretendo con este sencillo espacio dar a conocer a mis lectores, antiguos alumnos, amigos, conocidos y seguidores, mis movimientos y actuaciones desde mi faceta de escritor. Por lo tanto, hallarán aquí contenidos relacionados con mi actividad creativa y cultural. Intento que el blog sirva de punto de cita a cualquier persona interesada en saber algo más en relación a mis libros; por eso, cada título tendrá una entrada exclusiva, y en ella se harán constar las peculiaridades reseñables de tal publicación.
   Lo que me empuja a mantener este sitio vivo y actualizado es el deseo de que las personas que aprecian de alguna forma mi quehacer literario puedan hallar pistas claras de cada uno de los libros que han salido a la luz hasta el presente. También me mueve, no voy a negarlo, el humano deseo de aproximarme a mis habituales lectores, que por fortuna para mí aumentan en número y calidad conforme pasan los años. Como apuntó Marcelino Menéndez Pelayo, la constancia suele encontrar pequeñas recompensas en este mundo.
El escritor aragonés en una
travesía  por los Pirineos
   Algunos de esos lectores, en especial los que me conocen menos o no me han tratado en absoluto, me preguntan a veces qué siente uno al exponerse en el escaparate público de lo literario. Yo les respondo que no tengo una consciencia rotunda de este hecho. Y es verdad, porque en realidad lo cotidiano y lo meramente literario se funden en un mismo hecho vital que llevo muy asumido desde hace décadas. Por eso, literatura y vida no me parecen dos experiencias aisladas en mi existencia, sino todo lo contrario. Recuerdo ahora mismo un ensayo de la escritora y académica aragonesa Soledad Puértolas -titulado La vida oculta, libro muy recomendable por cierto- donde la escritora afirmaba que con el paso del tiempo ella confundía su vida privada con su vida literaria. Ambas vertientes confluían en una sola.
   El quehacer creativo desde la literatura, se ejerza ésta de manera profesional o no, forma parte intrínseca de las hechuras del escritor vocacional. Por eso, en mi caso particular, puedo asegurar a mis lectores que no me resulta extraño verme inmerso en el escaparate cultural o creativo. De cualquier modo, espero que esta ventana que se abre hoy en la red pueda ser útil a mucha gente.
   Les invito a navegar por este océano de inquietudes y búsquedas, y deseo -cómo no- que disfruten del trayecto. Gracias a todos por su amabilidad.


Un saludo muy cordial.
Ricardo Serna
.·.

Encargar libros

   Si desea encargar algún ejemplar de las obras de Ricardo Serna, se lo ponemos fácil. No tiene más que hacer clic en los enlaces que verá un poco más abajo en esta misma página y recibirá en su domicilio los libros elegidos sin el menor esfuerzo. No hace falta que vaya a la librería porque la tiene aquí mismo, a un toque de ratón. Gracias y que disfrute de la lectura. 


   «Comprar un libro —dice nuestro autor– es empezar a compartir con el escritor del mismo un proyecto cultural irrepetible, especial y casi siempre interesante. Quien adquiere una obra literaria se integra en el mismo hecho creativo, porque apuesta por el resultado de una labor callada y costosa, de un trabajo de muchos meses o de años durante los cuales el escritor ha echado el resto en la confección de sus páginas.
   No pensemos que quien compra un libro se limita a recibir un texto acabado; en realidad, quien tiene la potestad de finiquitar o concluir el contenido de un libro es el lector, que infundirá su mirada propia y su interpretación personal y única a los textos que tiene ante sí.
   Comprar un libro es, además, ayudar al autor en su trabajo posterior, animarlo en su labor intelectual y reconocer de alguna forma sus méritos. Supone apoyar la tarea, expuesta siempre, del editor del libro, y viene a ser como llevarse a casa, por unos pocos euros, la esencia creativa que pergeñó las arquitecturas de tal o cual obra, y también los resultados formales y tangibles de dichas esencias. 
   Comprar un libro es, en resumidas cuentas, hacerse un poco autor del mismo, acceder a su interpretación libre de manera íntima, sin intermediarios ni críticos que nos intimiden con sus opiniones; comprar un libro es participar con viveza en el proceso apasionante de la creación literaria».

   Aquí están los enlaces para adquirir los libros de Ricardo Serna:


La librería París, referente de la lectura en Zaragoza, tiene en sus fondos todos
los libros de Ricardo Serna. Excepto los ya agotados, naturalmente.

   Para comprar cualquiera de sus libros (excepto Relatos del insomnio, que está agotado), seguir este enlace: Librería París, de Zaragoza. 

   Para comprar El compás y la pluma. Artículos masónicos de ayer y de hoy en formato ebook siga este enlace: Ediciones del Arte Real, de Oviedo.

   Para comprar La corona dorada. Poesía de iniciados en formato ebook siga este enlace: Ediciones del Arte Real, de Oviedo.


Gracias por su gentileza.  
 .·.

Relatos del insomnio


Relatos del insomnio
Palencia, Colección "Premios Ciudad de Palencia", Departamento de Cultura del Excmo. Ayuntamiento, 1984.

   En este primer libro de Ricardo Serna, publicado en Palencia como consecuencia directa de un galardón literario, se editan diecisiete cuentos del autor aragonés, quien escoge una serie de ficciones en las que argumentos y personajes mantienen el interés del lector en todo momento.

Portada del libro
   A veces, lo verdaderamente importante de estas narraciones no es lo que hacen los protagonistas, sino el lenguaje mismo con que se describen sus movimientos. Otras, en cambio, las acciones tienen prioridad frente a la forma literaria, de tal modo que los personajes se convierten en el alma de los argumentos y mantienen por sí mismos la necesaria tensión de la estructura narrativa. Una buena parte de estos excelentes cuentos, aunque no todos ni mucho menos, pertenecen a la etapa de aprendizaje del escritor, en la que Ricardo Serna no ahorra esfuerzos a la hora de reinventar y experimentar con el lenguaje. Habría que destacar de la entrega relatos tan conseguidos y emblemáticos como El santero que vino de la niebla, La terraza o el sorprendente Cataclás, Nada y la estepa de los muertos, piezas que sin duda dejan huella imperecedera en la mente de cualquier lector atento.
   En la parte final del mismo volumen, se editó igualmente un relato del escritor palentino Ángel Blanco Escalona, titulado ¿Me oyes ahora? Esta edición acoge a los dos autores ganadores del premio de narrativa "Ciudad de Palencia" en su edición de 1984. Los relatos que aparecen en este libro fueron incorporados años más tarde, en 1990, a La noche de papel, entrega que tuvo, sin duda, un eco literario y una difusión mucho mayores. De hecho, esta primera edición, realizada por el Ayuntamiento palentino, nos consta que se agotó enseguida.
   El premio "Ciudad de Palencia" le fue entregado a Serna con solemnidad institucional por el escritor palentino Tomás Salvador, un consagrado narrador que fue finalista del Premio Nadal en el año 1951; había obtenido además el Premio Ciudad de Barcelona y el Premio Nacional de Literatura, entre otros galardones. El agitador es una de sus más celebradas novelas.
   Por su parte, el periodista y escritor palentino Gonzalo Ortega Aragón, Académico de número de la Institución Tello Téllez de Meneses, afirmó que "Serna escribe muy bien porque elige las palabras con escalpelo". Una metáfora que conforma un juicio más que positivo del hacer literario del escritor aragonés.

   Le dejamos a continuación con uno de los cuentos que forman parte del libro. En concreto, se trata del titulado Cataclás, Nada y la estepa de los muertos. Deseamos que disfruten con la lectura.

   "Cataclás tiene el pelo negro, como el azabache. También tiene dos ojos preciosos de color verde claro y una piel muy fina, finísima, muy tersa, como la misma nieve de las tierras norteñas.
   No le gusta levantarse con el sol. Dice que es una lata; lo dice siempre. Y mientras, su terciopelo, su amiga, sus labios de florecilla, como ella suele llamarla, la despide a las nueve de la mañana con su beso puntual y acostumbrado.
   Cataclás es una mujer y una niña, un demonio quizá, un místico rayo de tormenta, una nube desnuda, una golondrina de verano o vaya usted a saber el qué.
   Entre las dos, mano a mano, levantaron la casa de la estepa. Viven felices así, ellas solas y apartadas del mundo, rodeadas de recuerdos y locuras, en medio de un erial de mágicas historias y leyendas.
   El gato gris suele acompañar a Cataclás todas las mañanas, pero antes gusta de tomar su plato de leche matinal. El gato no vino con ellas. Apareció después, un buen día, cuando nadie lo esperaba.
   El verdadero nombre de Cataclás es María, María Mercedes para ser exactos. Nada, su amiga, su náyade, su dátil, su fiebre de la noche, la llama Cataclás porque suele tropezar, con una frecuencia inverosímil, en las cruces de las tumbas hacinadas y blanquecinas del calvero reseco y calcinado.
   Siempre andan desnudas por ahí. No merece la pena perder el tiempo en vestirse, ya que jamás aparece ningún otro ser humano por aquellos parajes.
   ¡Muere, asquerosa lombriz!, grita Cataclás de pronto, junto al sepulcro de su hermana, al tiempo que aplasta y destripa con la planta del pie derecho un gusano viscoso de mil anillos coralinos.
   Son muy bellas las dos; son como la estrella polar, como una lágrima de niño, como la brisa.
   El primer saludo de Cataclás es para su hermana. La enterró allí mismo, con sus quince añitos, su vestido de tul y su pelo suelto. Estaba muerta, claro, como todos los demás, pero nunca le falta de nada. María es así, atenta, cuidadosa, pendiente siempre de todo y de todos.
Los demás esqueletos del campo santo también quieren mucho a Cataclás. ¡Es tan dulce y cariñosa!
...suele tropezar en las cruces de las tumbas...
   Un poco más a la derecha, junto a los nichos de la guerra, reposa para siempre un literato, un escritor de cuentos que se cortó las venas una noche, una de esas noches en las que uno no sabe cómo pasar el rato. Y María Mercedes, que no pudo resistir la tentación de conocerle, descorrió una mañana la losa de su sepulcro y quedó hechizada por su delicadeza singular y el encanto de su espíritu indomado y varonil.
   Desde aquel día, el cuerpo desnudo de Cataclás se tumba, deseoso de placeres inauditos, sobre los restos acartonados y silentes del fallecido y anónimo escritor. Pasa con él muchas horas, tardes enteras a veces. Pero la luna redonda de la noche es la joya más preciada para María Mercedes.
   Maúlla el gato, impertinente, cansado de jugar con el fémur extraviado de algún difunto despistado. Y el viento, que no sabe ya por dónde pasear su volátil gracilidad, penetra en la cabaña de la estepa para contemplar, celoso y colorado, el fricar de las hembras en su lecho y el dorado placer bilateral de sus labios encontrados. Se suceden las caricias, una tras otra y otra y otra más, hasta el éxtasis anhelado y pretendido.
   A estas horas, el sol ya es un cadáver. Con su masa de fuego destronado, se desploma malherido sobre el llano. Eso es todo. Suenan los grillos y duermen los muertos".
.·.
Librería París, de Zaragoza

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La noche de papel


La noche de papel. Relatos completos, 1968-1987
Zaragoza, Colección Compás Narrativa, con Prólogo de Guillermo Fatás, 1990.


   Con la edición de los cuentos completos de Ricardo Serna hasta el año de 1987, se logra llevar al gran público una obra minuciosa, bien hecha y poco difundida aún, en la que cada pieza es, por sí misma, un ejemplo de escritura.
   La brevedad de los relatos -sesenta y seis en total-, así como la intrínseca amenidad genérica de los mismos, hacen de ellos herramientas útiles para la evasión reflexiva del lector, quien saldrá -de ese modo- doblemente beneficiado con la lectura.
   A través de un lenguaje cuidado, escogido, pero no por ello menos natural y espontáneo, Serna nos incorpora a sus mundos irreales donde nada es cierto y todo es verdad. En ocasiones, la historia se convierte en mera excusa literaria, siendo la palabra protagonista indiscutible del discurso. "En su colección de cuentos -escribió Gonzalo Ortega Aragón- hay algunos antológicos. Domina diversas técnicas y fórmulas en la narrativa breve y su manejo del idioma es meticuloso, perfecto".

   Dejamos en este punto al lector en compañía de un breve relato incluido en La noche de papel. Concretamente, con el cuento titulado Del amor por el amor, texto que Serna dedica a la memoria del singular escritor Ramón del Valle-Inclán. En puridad, más que un relato con argumento tradicional, se trata de un homenaje literario.
A Ramón Valle Peña (1866-1936)


Retrato de Ramón del Valle-Inclán en 1930.
[Publicado en Heraldo de Madrid
el 6 de enero de 1936.
   "Han pasado por mi vida pocos nombres, tan pocos que no puedo siquiera pronunciar sus apellidos. No los sentí en el fondo, no amé su literatura. Ahora es todo muy distinto. Mi cabeza parece una sonata de primavera. Leo en un viejo libro. Anochecía cuando la silla de posta traspuso la Puerta Salaria y comenzamos a cruzar la campiña llena de misterio y de rumores lejanos. Era la campiña clásica de las vides y los olivos, con sus acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa ondulación de los senos femeninos...
   Ramón Valle descansa y guarda silencio. Ahora soy yo quien lanza al aire su pluma fallecida; yo quien os manda ese grito, esa voz entintada, esa imagen muerta y tan viva en el tiempo.
   He amado tu amor, he querido tu palabra bohemia, he sentido en el corazón la necesidad de retomar tus libros, amigo mío, porque un día los leí con interés y entendí ese amor por el amor, ese afán por la expresión, ese fondo indefinido que te roba la razón a media tarde.
   Son las doce en punto. En el aire una oración y en mi cerebro, incesante, la misma idea: la del amor por el amor. Crear, es preciso crear una y mil veces imágenes distintas. Hay que trabajar hasta el agotamiento, hay que escribir aún más, amigo antiguo.
   No me daba cuenta de que tú no puedes. Has muerto, según dicen. Sí, naturalmente. Pero has muerto en la presencia, en el espacio, nunca en la memoria ni en el tiempo.
Me voy a fumar un cigarrillo y a terminarme el café. Estoy cansado".
.·.

   También deseamos ubicar aquí otro texto bien distinto publicado igualmente en La noche de papel. Es un fragmento breve de un relato que lleva por título La noche de la promesa, y que describe y narra parcialmente una ceremonia masónica de iniciación ritual. Que lo disfruten.

[Foto de A. Ceruelo]
   "...vi cómo eran abiertas dos anchísimas puertas correderas y escuché una voz que, desde el interior de aquella estancia oscura y nueva, repitió por dos veces la misma frase: Aquí te recibimos, Miguel, pobre y desnudo. Acto seguido, alguien -no sé quién lo hizo- empezó a subirme la pernera izquierda del pantalón, hasta conseguir dejar visible mi rodilla. También noté que me desabrochaban los botones de la camisa, al tiempo que me quitaban el zapato del pie derecho. En su lugar, me colocaron otro calzado más blando; una zapatilla, creo.
   Mientras tanto, yo no hacía más que mirar hacia el interior de aquel tétrico salón, iluminado tan solo por multitud de cirios encendidos. De vez en cuando, se movía ligeramente alguna de aquellas luces diminutas y podía contemplar la faz de un hombre, la tenebrosa faz de un hombre cualquiera.
   Entendí enseguida que todos estaban allí, en el gran silencio, esperando con ansiedad las palabras de mi promesa. Pronto dejé de verlos, ya que pusieron una tupida venda sobre mis ojos, atando con firmeza en la nuca los bordes sutiles del paño doblado.
   Me colocaron por fin un dogal alrededor del cuello y me guiaron, con pasos muy cortos y sin ninguna prisa, hacia el fondo del gabinete. De pronto, sentí una ligera punzada en el lado izquierdo del pecho y me detuve con brusquedad, mas recordé que también aquello formaba parte del rito primero.
   Cuando noté alejarse de mi piel el filo de la daga, volví a caminar otra vez, mostrando una cojera casi imperceptible y preocupado por el posible fracaso de la ceremonia solemne. Alguien me sujetó el brazo momentos después, como indicándome que debía pararme ya, allí mismo, en ese preciso lugar del salón. Y así lo hice, me quedé quieto en el sitio con los oídos muy abiertos, esperando escuchar la voz interrogante y renovada.
   Pude contestar sin errores a todas las preguntas del formulario. Luego me arrodillé en el suelo y sentí el roce de las puntas del compás en mi pecho. Era necesario hablar; todos estaban esperando mis palabras de compromiso...".
                                .·.
Librería París, de Zaragoza

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Los escritores



Los escritores
Jaén, Riquelme y Vargas Ediciones, Col. Libro Amigo, con Prólogo de Juan Manuel Matés Barco, 1995


Portada del libro
   Quien haya seguido con alguna fidelidad la trayectoria de Ricardo Serna y conozca su literatura perfeccionista, no se sorprenderá demasiado ante esta docena cabal de relatos intensos y de excelente factura, escritos con precisión, lirismo y buen sentido narrativo.
   Su libro anterior, titulado La noche de papel, ya obtuvo ecos sonados. Sus cuentos fueron bien acogidos por los lectores y la crítica especializada.
   "Serna utiliza un lenguaje llano pero selecto, con una riquísima adjetivación. Construye frases de hondo lirismo, cuajadas de imágenes poéticas" (Mariano García, Heraldo de Aragón).
   Se nota un mimo cuidadoso y especial en las ambientaciones, y no duda el escritor en situar a sus personajes en lejanos y misteriosos escenarios, como Rusia o Albania, por poner un simple ejemplo, territorios imaginados más que recorridos, lugares y situaciones que resuelve el zaragozano con finales fascinantes.
   Como escribió el malogrado crítico y actor cultural Félix Romeo, los personajes de Ricardo Serna son "criaturas normales que reflexionan como única solución para salvar su soledad" (Félix Romeo Pescador, Diario 16 de Aragón).
   Resulta interesante por demás la utilización del lenguaje, muy atinado en sus diversas variantes expresivas, capaz de adaptarse a la entidad de los personajes, alcanzando altas cotas líricas a veces o descendiendo a caminos prosaicos por los que llegar, incluso, a indagar con acierto en el difícil y escabroso territorio de lo confesional.
   Escritores tan admirados en el ámbito literario nacional como Dolores Medio, Alonso Zamora Vicente o el mismo Miguel Delibes, han corroborado luego los juicios positivos de la crítica con sus propias opiniones.
   En esta ocasión, Serna incorpora doce argumentos distintos, unidos por el común lazo de algunos personajes, casi siempre protagonistas, ocupados en el noble y antiguo oficio de escribir. Doce nuevos relatos que no dejarán de asombrarnos por la visión que nos brindan de algunas facetas ocultas y humanas del escritor vocacional.


   Para que puedan hacerse ustedes una leve idea de los contenidos de este libro, proponemos la lectura del cuento titulado El escritor callado, incluido en la entrega de Los escritores. Se trata de un relato breve donde se nos habla del mito del hombre derrotado. 

   "Antonio Redondo había heredado la casa de Fuentefría a la muerte de su abuela Luisa, la madre de su padre. Y al morir éste, quiso olvidar las penas que ofrece la vida refugiando su amargura en el antiguo caserón familiar.
   Todos, tanto sus amigos -más bien escasos, por cierto- como los parientes más allegados, le desaconsejaron el retiro en la casa de campo. Antonio prefirió hacer oídos sordos a semejantes opiniones y huir cuanto antes de la ciudad inclemente.
   Los preparativos fueron breves, aunque el estado de la casona le impidió, de momento, gozar de las comodidades que le eran familiares en su apartamento de la ciudad. No importaba, el caso era estar lejos de aquel infierno de soledades que le asfixiaba cada día con mayor tenacidad.
Antonio Redondo vivió feliz en el campo -tranquilo, mejor dicho-
durante seis o siete meses.
   Antonio Redondo era considerado por sus conocidos como un escritor con posibilidades. A sus treinta y siete años, tenía dos libros editados y un montón de novelas, artículos y ensayos a la espera de una oportunidad que no llegaba. Todos lo sabían y no le faltaban los ánimos de sus compañeros de trabajo. Porque Antonio Redondo no se ganaba la vida escribiendo, desde luego, sino ejerciendo la docencia en un centro de enseñanzas medias como profesor de literatura.
   Una vez instalado en el campo, Antonio procuró descansar; descansar y olvidarse del mundo, del ruido, de la enfermedad que le aquejaba y del frenético vivir de la urbe al que nunca terminó de acostumbrarse.
   Podría decirse que Antonio Redondo empezó a respirar desde que llegó a la casona del río.
Al atardecer, aquel lugar tenía mucho de mágico. Las hojas otoñales, amacigadas, muertas, caídas, le mostraban la poesía toda que ofrece la parca del otoño en la campiña. La naturaleza y él, paseante siempre por caminos que iba conociendo poco a poco, llegaron a ser amantes silenciosos, cómplices de un momento suspendido en el aire mudo de las horas canosas vespertinas.
   Antonio Redondo vivió feliz en el campo -tranquilo, mejor dicho- durante seis o siete meses. Al cabo de ese tiempo, los pocos amigos que lo eran de verdad comenzaron a dar señales de vida. Primero le visitó Juan Manuel, un compañero del instituto.
   -Esto es delicioso, chico. Ahora entiendo que cogieses la excedencia. A ésto le llamo yo vivir como un rey, si señor.
   Y siguió deshaciéndose en elogios hacia la casa y el buen gusto de Antonio hasta el mismo momento de regresar a la ciudad.
   Otro tanto pasó con Soriano. Carlos Soriano, funcionario y amigo de Antonio Redondo desde la infancia, se presentó un buen día en la casona sin avisar.
   -Ya veo que sabes hacer bien las cosas, hombre. Así se las ponían a Carlos IV.
   Un rey u otro era lo de menos. Es claro que la historia no era su fuerte, ni mucho menos, pero lo que contaba en verdad era la filosofía, el fondo, la esencia de la frase. Así que todos parecían coincidir en la creencia de que Antonio Redondo se hallaba la mar de bien en su retiro de Fuentefría.
   Y en cierto modo no se equivocaban. Allí podía sentir más de cerca la lluvia, la enérgica voz del trueno en la tormenta, el gemir tristón del río vecino y hasta el crepitar de las ramas secas bajo sus pies lentos y andariegos.
   Su moral, sin embargo, había decaído bastante desde su marcha de la ciudad, seguramente por el ritmo solitario de su nueva existencia. Seguía escribiendo, pero en los argumentos de sus relatos ya no se vislumbraba la mínima esperanza. Sus personajes se oscurecían con él, perdiendo así todo ropaje o seña de vitalidad. Antonio Redondo se estaba muriendo. Y con él se iban también aquellas esperanzas de sobresalir, de llegar a ser un escritor conocido y respetado. Redondo se moría de angustia, de soledad, de hastío y, según creía él, de cáncer. Conocía su grave dolencia desde hacía tiempo, pero los médicos le habían dado todas las esperanzas posibles de curación.
   Fue su corazón quien le traicionó al final. Un buen día -miércoles para más señas- sintió una punzada en la parte izquierda del pecho. Era como si le estuviesen clavando un finísimo estilete veneciano. Luego se desplomó junto a la mesa camilla del cuarto de estar, sintió una rápida sensación de asfixia y todo acabó en un santiamén.
   Veinte días justos después del sepelio, llegó una carta a su nombre hasta la casa de Fuentefría. Tuvo que abrirla su albacea, por cierto. En ella, una prestigiosa editorial solicitaba su permiso para empezar a publicar, a bombo y platillo, todas sus obras, una tras otra. Decían de ellas, y en especial de las novelas, que tenían un lenguaje cuya virtud principal consistía en el arte de conjugar la pasión y la fuerza de la palabra con la dulzura fresca del sentimiento humano.
   Y aún hoy, transcurridos quince años desde su fallecimiento, lo siguen repitiendo como idiotas".
                              .·.
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Masonería y literatura


Masonería y Literatura. La Masonería en la novela emblemática de Luis Coloma
Madrid, F.U.E. (Fundación Universitaria Española), Serie Monografías nº 71, con Prólogo de José Antonio Ferrer Benimeli, 1998.

   El escritor zaragozano estudia en profundidad la Masonería y lo masónico en la famosa novela Pequeñeces, publicada en 1890, debida a la pluma del escritor jerezano padre Luis Coloma (1851-1911).
   Serna profundiza en el argumento de la novela de Coloma y estudia el valor de los personajes y demás elementos masónicos que el jesuita nos presenta en su libro.
   Estamos ante un impecable ensayo, escrito con claridad y una lengua escogida, aunque no por ello menos grata. Es más original si cabe por el hecho de que Pequeñeces se fue convirtiendo con el tiempo en una novela mítica que, a pesar de su fama, pocos han estudiado con hondura. Por otra parte, el escritor no se conforma con el análisis lineal de la novela del padre Luis Coloma, sino que contempla las influencias que la vida de éste y la sociedad de su tiempo pudieron ejercer en la ejecución del polémico relato del sacerdote.
   Ricardo Serna, desde su doble faceta de escritor de culto y de profesor, conoce bien los entresijos de la creación literaria, y sabe calar con tino en los lectores.
   El libro viene avalado por una cuidada edición de la prestigiosa Fundación Universitaria Española [FUE] de Madrid, y prologado por el doctor José Antonio Ferrer Benimeli, eminente especialista en Masonería española y profesor titular emérito de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza. Mejores padrinos, imposible. Un libro que nace, como el mismo autor admite, con el digno propósito de enseñar entreteniendo.

   Reproducimos a continuación uno de los capítulos del libro, titulado El primer libro. Un oscuro incidente, donde Serna vuelca ideas sugerentes  y muy novedosas como resultado de sus propias investigaciones sobre el padre Coloma y su curiosa biografía.

   «Pasados los iniciales titubeos de principiante, Coloma consigue ver impreso su primer libro en el mes de abril de 1871. El editor Pérez Dubrull, por influencia y mediación de Fernán Caballero, editó Solaces de un estudiante. Estaba prologada por su amiga Fernán Caballero y dedicada a Gertrudis Gómez de Avellaneda [1]. Ese mismo año logra publicar Coloma en el folletín de El Tiempo, y poco a poco conquista el ámbito de revistas y prensa diaria.
   Suelen ser, las de folletín, novelas de enredo simples, facilonas y sentimentales, con un clímax al final de cada capítulo. En España nacen hacia 1836, prolongándose hasta entrado nuestro siglo. El Diario de Barcelona, en 1842, inició la publicación de su folletín con poemas del padre Arolas y un artículo de Martínez de la Rosa, entre otras cosas varias. Es curioso ver cómo el clero jugó un papel proporcional importante en este nuevo modo de edición literaria. El triunfo del folletín va unido a los nombres de autores como Pérez Escrich, Sinués, Ángela Grassi y Tárrago, por no incluir al propio Coloma, enormemente popular tras la publicación, en El Mensajero, de Pequeñeces, entre otros títulos [2].
   Ese mismo año de 1871 viaja a Madrid y establece valiosos contactos, tanto literarios como políticos. Por esos días, en las logias de la capital hay "una constante preocupación por temas que entran claramente en el ámbito de lo político o de lo social; pero además hemos comprobado que no se trata de un mero interés teórico, sino que pretenden participar activamente en ellos. Se trata, normalmente, de problemas reales, que afectan a la vida política y social no sólo de Madrid, sino también del resto del territorio nacional. Es decir, estudian temas de actualidad: situación de la clase obrera, modo práctico de mejorar sus condiciones morales y materiales; causas de las emigraciones, problemas que sufre el país desde que se inició el siglo XIX y cómo deben ser encauzadas por parte de la administración" [3].
   Al año siguiente, en 1872, publica varios artículos, entre ellos uno titulado El día de difuntos, que sale en El Progreso el 1 de noviembre. Según algunos biógrafos del jesuita, debió ser escrito en los días en que Coloma estuvo convaleciente de una herida de bala en el pecho, herida gravísima que estuvo a punto de dar con sus huesos en la tumba.
   Este episodio ha sido interpretado de mil y una maneras. Se dijo que el balazo recibido fue consecuencia de un duelo, una posibilidad sin duda muy romántica pero escasamente probable. También se comentó que la herida no fue de bala, sino de arma blanca, y que se la habían producido a Coloma en Sevilla, en una reyerta por un asunto de amoríos, el día de la inauguración del café de Emperadores. Debió comentarse esta posibilidad a raíz de la publicación de un artículo de don Genaro Cavestany en El Liberal, de Sevilla y en El Diario de Cádiz, una vez  fallecido Luis Coloma. Dicho artículo, con el título de Cómo se inauguró el café de Emperadores, se recogió luego, además, en el libro Memorias de un sesentón sevillano (Sevilla, 1917) [4].
   La tercera teoría sobre el incidente habla de que a Coloma se le pudo disparar una pistola de forma accidental. Hay una carta de Fernán Caballero dirigida al poeta Fernando de Gabriel, fechada en Sevilla el 7 de octubre de 1872, en la que se puede leer: "El pobre Coloma, el moro de paz por excelencia, compró una pistola, instrumento que le sentaba como a Napoleón I una lira, y al cargarla se le fue el tiro, pero con tan buena suerte que no se mató, como debería haber sucedido" [5].
Coloma a los veintitrés años.
   Por su parte, Emilia Pardo Bazán, en la Biografía de Coloma, dice: "...hirióle en el pecho una bala de revólver... Este lance lo atribuyeron algunos a misteriosas causas; pero los mejor informados aseguran que Luis Coloma se hirió a sí mismo involuntariamente, en ocasión de estar limpiando el arma en su cuarto".
   Creo que hubo algo más en el asunto, como parece ponerlo en evidencia un artículo, aparecido en ABC, y firmado por Pemartín, donde se puede leer: "En aquella habitación, de bruces sobre la mesa, gravemente herido de un tiro de pistola, yacía Luis Coloma. La ilustre y venerable personalidad... a quien debo estos detalles, testigo aún viviente de ellos, no puede -o tal vez no quiere- precisar su pormenor. ¿El motivo? Mi ilustre interlocutor me deja entrever el de aquella locura de juventud en el amor rival por una bellísima señorita..." [6]. Me inclino a pensar, sin embargo, que no estuvo en el amor la clave del incidente. Habla Hornedo de la existencia de una carta del padre Gonzalo Coloma, hermano de Luis y jesuita como él, dirigida al padre Eguía, en la que Gonzalo baraja la posibilidad de que Luis pudiese haber resultado herido por una disputa política. Escribe Gonzalo: "Probablemente ese tiro se le disparó alguien, masculino, después de una acalorada disputa ¿amorosa?; no, seguramente; ¿política?, quizá..." [7]. Lo que parece probado es que no se hirió él mismo accidentalmente, como escribe Fernán en la carta a Fernando de Gabriel, de 7 de octubre de 1872, sino que alguien le dio el tiro deliberadamente.
   Hornedo, que ha podido revisar de primera mano las anotaciones y cuadernos personales de Coloma, aporta en su estudio algunos datos más que parecen apoyar la idea de que otra persona, no se sabe quién, hirió a Coloma. El biógrafo y estudioso de Coloma afirma también que "fue otro el que le hirió, aunque Coloma ocultó noblemente la verdad echándose a sí mismo la culpa" [8]. Con todos los respetos hacia Hornedo, eso me parece mucho decir, pues las intenciones de Coloma al cubrir así el asunto es imposible conocerlas. Y sin conocer la causa desencadenante del hecho, tampoco creo lícito afirmar que Coloma actuase en este caso con nobleza. Hornedo se limita a imaginar, cosa que, en mi calidad de escritor, no pienso criticar en absoluto. Más aún: usando con harta liberalidad la imaginación, y como jugando, hasta podríamos conectar el incidente del tiro a Coloma con el atentado sufrido en la ficción por su personaje Jacobo, masón muerto a manos de masones en Pequeñeces. Sobre todo por lo oscuro y misterioso de ambos asuntos, no por el parecido entre Coloma y el personaje de Jacobo Téllez-Ponce. Aunque sólo jugando, desde luego, pues más sensato sería hallar algo de Coloma en el jesuita Cifuentes, otro importante personaje de la novela. En ciertos momentos creativos, me consta por experiencia propia que el novelista busca reflejarse, al mismo tiempo, en varios personajes, dándole a cada cual una parcela de su propia biografía. Lo cierto es que este asunto queda, hasta el momento, envuelto en la densa y especial bruma del misterio».           



 [1] Salió en Madrid, en una colección de novela denominada "La familia cristiana, Biblioteca de novelas morales dedicada a la juventud", números 27 a 29.
 [2] Como es bien sabido, el folletín es un trabajo literario que se publica en la parte inferior de las páginas de los periódicos, o a veces en apartadizos o cuadernillos que se cosen al final. La novela de folletín -traducción del francés roman feuilleton- es la novela que se escribe especialmente para ser publicada en un periódico. Inició la moda el periódico francés Le Siècle en 1836. Luego se extendió la novedad por medio mundo. Conviene diferenciarla, no obstante, de la novela por entregas, cuyo origen no es exactamente el mismo y que tiene, por otro lado, mayor antigüedad. Pickwick (1833), de Dickens, nació por este procedimiento.
[3] ROLDÁN RABADÁN, María Teresa, "Cuestiones políticas y sociales tratadas por algunas logias madrileñas", en FERRER, J.A., Masonería, Política y Sociedad, Zaragoza, CEHME, 1989, v. I, p. 33.
[4] El propio Coloma lo recuerda en sus escritos a propósito del relato de otra bronca que describe. Dice así: "un estudiante de Derecho de los últimos cursos, jerezano por más señas, resultó gravemente herido de un navajazo, a mediados de septiembre de 1868, el día que se inauguró en Sevilla el café de Emperadores". No añade nombres ni otros datos, pero la fecha que da es significativa, pues no coincide con la de 1872, año en que resultó herido él. Hornedo alega en su estudio que "ese estudiante no pudo ser Luis Coloma" porque "recién terminado el bachillerato llegó por vez primera a Sevilla a mediados de septiembre de 1868. Y cuatro años después, en 1872, fue herido de un balazo en el pecho. Se trata, pues, de dos hechos distintos". El alegato de Hornedo me parece razonable, aunque también cabe la posibilidad de que el susomentado café sufriese alguna reforma o algún cambio radical y se reinaugurase con el mismo nombre en 1872, cosa que se nos antoja -por otra parte- muy poco probable.
[5] Reproducida en ASENSIO, José María, Fernán Caballero y la novela contemporánea, Madrid, 1893.
[6] PEMARTÍN, José. ABC, Madrid, 1 de octubre de 1952.
[7] Epístola del P. Gonzalo Coloma al P. Eguía, de fecha 9 de agosto de 1915.
[8] HORNEDO, Rafael María de, op. cit nota 16, pp. XXVI-XXVII. Aquí se habla de un cuaderno, escrito en 1879, donde figuran guiones de pláticas para jóvenes colegiales. En él aparece la descripción -que Hornedo cree autobiográfica- del incidente en cuestión.
                            .·.
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Es de piedra el poeta. La construcción de la rosa


Es de piedra el poeta. La construcción de la rosa
Zaragoza, Institución Fernando el Católico y Área de Cultura de la Excma. Diputación, Colección San Jorge, vol. 75, con Prólogo de Laura Suso Ruiz, 1999

   El volumen contiene dos poemarios. El primero, titulado Es de piedra el poeta, no es sino un homenaje al pasado, encarnado en la figura real de Consolación Cuesta, una amiga del escritor que murió en plena juventud, y cuya desaparición repentina provocó en el autor una auténtica conmoción interna. Consta el libro de doce poemas breves que resumen el dolor de la pérdida y el sabor acre de la muerte que pasa callada.
   El segundo de los libros, La construcción de la rosa, recrea, a través de la metáfora, el difícil y lento proceso de conversión del ser humano en hombre social y en ser consciente de sí mismo. Es una senda de pasos perdidos en la cual se entremezclan, como sucede en toda obra humana, amores y consuelos, sonrisas y pesares, luchas continuas y extrañas contradicciones.
   La rosa no es tal rosa, sino la imagen metafórica del hombre intemporal hecho a costa de esfuerzo, cincelado pétalo a pétalo con la exquisita paciencia de quienes, engañados a sabiendas, se piensan grandes y eternos. Entre los poemas que conforman la sugerente y gratísima entrega, vemos algunos caligramas y un poema acróstico. Son estas las piezas más llamativas y curiosas del volumen desde el punto de vista del juego poético, de la poesía contemplada como estructura y mecano.
   Este libro, de cuidada estética y primorosos textos, indaga en lo más hondo del sentimiento humano, destapa recuerdos, abre puertas a la imaginación y a la remembranza, y sobre todo nos descubre a un escritor que se muestra cercano y testimonial, sincero y comprometido con su esencia más íntima. Todo un complejo y sutil universo al alcance de nuestras manos.

   Podemos leer ahora mismo dos poemas espléndidos integrados en este volumen. El primero pertenece al poemario Es de piedra el poeta. El segundo, en cambio, forma parte del libro La construcción de la rosa. Habría que aclarar que los poemas de Es de piedra el poeta están dedicados a Consolación Cuesta, amiga de juventud del escritor zaragozano, fallecida en 1976 a la edad de diecinueve años, muerte que impactó mucho a Ricardo Serna en su día. 


IX

                        Te observo desde el tiempo, desde las horas vanas
                        del eco enajenado, turbio, anclado en el rayo
                        proclive de tus venas.

                        Te miro y, sonrojada, te abrazas a mis penas,
                        al llanto aciago y frágil de las horas tan graves,
                        afligidas y yertas.

                        Te miro desde el tiempo y se queda el aire quieto
                        -suspendido en un beso- sobre la fosa angosta
                        que arropa tu esqueleto.

                        Te observo y, sonrojada,
                        te duermes en el lecho.


XIII

                                                                       Elle se répand dans ma vie
                                                                       comme un air imprégné de sel.
                                                                       (Hymne, Charles Baudelaire).
  

                                   Vienen tus labios de las siete y cuarto.
                                   Y en ellos, hija de Labán, mujer
                                   -no de Jacob, sino de otros mortales-
                                   llega la vida, palabra en la luz
                                   coronada de blonda cabellera,
                                   narciso quizá con ojos de almendra.
  
                                   Vienen tus manos de afecto y arena.
                                   Llegan hambrientas de extrañas querencias.
                                   Paras, te acercas y el mundo enmudece
                                   de envidia. Flores de mar o amormío,
                                   nardo liberto en las Romas claudinas,
                                   ramo de anhelos y fiebre de un día.

                                    Vienen tus ojos preñando alegrías,
                                   hurtando en Tebas las aguas de invierno.
                                   Llegan diciendo que yo no soy Eco,
                                   ninfa de fuentes y bosques eternos.
                                   Hablamos, Rahel. Y entretanto observo
                                   tus ojos de miel, los labios serenos.
  
                                   Viene tu cuerpo hasta mi cuerpo entero
                                   y nos damos los dos en holocausto.
                                   Hasta Dante y Virgilio nos ofrendan
                                   pétalos blancos de su andar malsano.
                                   Se marcha el tiempo, se nos mofa Cronos.
                                   Y sucumbe la tarde en nuestras manos.
                         .·.
Librería París, de Zaragoza

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