La corona dorada

La corona dorada. Poesía de iniciados
Portada del libro
Oviedo, Ediciones del Arte Real, 2014.

   Este libro se compone de dos partes bien diferenciadas: por un lado, el estudio literario previo que hace Ricardo Serna, donde se aborda y contempla el fenómeno de la creatividad literaria desde varios ángulos y puntos de vista, algunos de ellos muy próximos a la relación entre lo masónico y lo puramente creativo. Y una segunda parte, en la que se ofrece una muestra poética de autores ya iniciados en las logias masónicas, con obra en lengua castellana, vivos en 1912 o nacidos entre dicho año y 1970.

   El autor señala que tiene plena consciencia de que en esta muestra poética no están todos los que son o han sido. De algunos se carece de noticia fidedigna; otros no entran en el paréntesis cronológico que el autor se ha impuesto —caso, por ejemplo, del venezolano Andrés Bello, del cubano José Martí o del colombiano Jorge Isaacs—, y del resto se escasea de obra poética que pueda ser valorada y mostrada en este modesto escaparate. Ricardo Serna ha dejado fuera a tres mitos de la literatura: el nicaragüense Rubén Darío, y los chilenos Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Estos poetas son punto y aparte por motivos obvios, y merecerían un volumen especial con tratamiento exclusivo y exhaustivo, espacio que en esta muestra es imposible darles.

   Los veintiún escritores que aparecen escogidos en la entrega, de los que se expone ante el lector una mínima parte de su obra poética, no son conocidos del gran público, pero en ellos funciona con viveza el imán de la creatividad; vaya lo uno por lo otro. El autor ha procurado sobre todo incluir personas con formación, poetas, escritores, ensayistas o profesores respaldados por la crítica o por su notable bibliografía.

   En la Masonería contemporánea de habla hispana no sobran poetas dignos de tal nombre. Por eso, el lector hallará distintas calidades poéticas en esta muestra; diversas calidades y también variadas cualidades en las biografías.

   Es evidente que el sino de cualquier selección de textos es el de no conseguir el unánime aplauso ni el contento de todos. Dice el propio autor: "Nos extrañaría sobremanera que tal cosa sucediese. Pero aun sabiéndolo, damos a la imprenta esta entrega con el mejor de los ánimos y con el deseo ferviente de que la palabra, y el hálito poético que contiene, nos ayude a inflamar el espíritu de luz fraterna y serenidad positiva".

Incluimos a continuación una doble muestra. Primero, uno de los capítulos introductorios del libro, titulado Poetas y dinosaurios. Y a continuación, dos poemas: el primero, un soneto, se debe a la pluma del nicaragüense Santiago Argüello, el que fuera buen amigo de Rubén Darío, y cuya biografía y obra se recoge en esta muestra; el segundo poema -otro soneto- es obra del argentino Leopoldo Lugones. 


Poetas y dinosaurios


   "El poeta (que al fin no es sino un escritor que prácticamente solo confecciona o pergeña poemarios) ha de poseer imaginación despejada para revolver en su interior y regurgitar las esencias sin preocupaciones. Ahí reside, probablemente, su auténtica libertad. Eso que hizo Juan Ramón de encastillarse en sí mismo y olvidarse del mundo y sus miserias, siempre ha dado buenos resultados literarios. Pero con la vida que llevamos hoy, tan ajetreada, son muy pocos los escritores que consiguen evadirse de todo para centrarse únicamente en la creación y el estilo. Resulta imposible implementar semejante idea.

   Conviene que el escritor tenga también algo de mártir, pues ha de saber sangrar a diario por la mano derecha, a menos que sea zurdo y escriba con la izquierda. Y todo con mucha dignidad, como debe hacerse. El mundo moderno pretende y quiere devorar al escritor. Porque el mundo moderno, per se, tiene buenos colmillos y come abundante y sin miramientos. Y el escritor clásico, por su rareza, se convierte para la modernidad en bocado sin hueso la mar de apetecible.

   Algunos ensayistas afirman, incluso, que el escritor tradicional es una especie a extinguir. El auténtico, el genuino escritor, ha de ser un tipo calmado, sereno por fuera, pero inquieto e incendiado por dentro. Debe ofrecer una imagen pública de sensatez, matizada con un leve toque de bohemia contenida; y estar lleno —sobrado, diríamos con propiedad— de santa resignación ante la adversa y general estulticia superficial de la bruta mayoría.

   El poeta, el creador, merece tiempo y tranquilidad para acabar sus labores de la mejor manera posible. Autor de mucha muerte propia en sus personajes o en sus metáforas, el escritor se inmola a diario sin esperar una excesiva recompensa. Y para almorzar, o se consume a sí mismo o trabaja, aparte, en otra cosa. Lo hacemos la mayoría, porque lo de vivir de los derechos de autor generados por los libros escritos y vendidos, es un sueño que muy pocos pueden ver hecho realidad.

   Un escritor lo es en verdad solo cuando él se tiene por tal. Pero ha de prepararse para creer en las cosas importantes. Su misión es inventar y dar testimonio de su verdad. No puede faltar en él la faceta misteriosa y secreta. Un escritor sin misterios ni laberintos acaba por aburrir. Así que conviene sembrar una pequeña parcela con morbo y misterio en el currículum de uno.

   El escritor se sabe fascinante aun siendo feo, incluso viejo, o hasta las dos cosas a un tiempo. Su atractivo no deviene de su físico en absoluto, sino de cómo imaginan los demás que tiene dispuesto el cerebro. Los escritores son a veces niños grandes, pero niños con la cabeza amueblada —bien o mal, pero amueblada al fin y al cabo—, la imaginación despierta y la pluma ilustrada y lista. Por eso digo siempre que no es escritor quien quiere, sino quien puede. Y no son demasiados los que pueden con holgura.

   El escritor vocacional está dedicado al trabajo menos seguro que existe, pues el arte no es sino una tentativa.Y la sociedad, lo reconozcamos o no, únicamente es capaz de remunerar las cosas tangibles, nunca los sueños ni las utopías.

   Frente a los seres vulgares que abarrotan a millares plazas y avenidas, el escritor destaca, convirtiéndose de pronto en creador de universos resucitados, en hacedor de fantasías mágicas, en el inagotable gigante solitario al que es preciso admirar. Grande, raro, solo: un dinosaurio forjado de palabras".



                                        ***

                        
                                         Canicular


                     Pasa el Dios. Nuestro Padre el Nilo pasa…
                     su lenta cauda de cristal desliza
                     como en felpa recóndita, y se irisa
                     con el pausado andar. Un sol de brasa

                     cae sobre él torrencial: un sol que arrasa
                     y echa soplos de fiebre en cada brisa;
                     un sol que anega en sueño la sonrisa
                     de cada loto azul. El Dios se abrasa.

                     Y en esa hora de siesta, y a la vera
                     del vasto lecho de sopor del Nilo,
                     con las fauces abiertas, cual si fuera

                     dentada sierra en que relumbra el filo,
                     inmóvil, cerca de una datilera,
                     bosteza bajo el sol un cocodrilo.


                                          ***

                     
                              Delectación morosa

                     La tarde, con ligera pincelada
                     que iluminó la paz de nuestro asilo,
                     apuntó en su matiz crisoberilo
                     una sutil decoración morada.
                 
                     Surgió enorme la luna en la enramada;
                     las hojas agravaban su sigilo,
                     y una araña en la punta de su hilo,
                     tejía sobre el astro, hipnotizada.
                   
                     Poblóse de murciélagos el combo
                     cielo, a manera de chinesco biombo;
                     sus rodillas exangües sobre el plinto
                   
                     manifestaban la delicia inerte,
                     y a nuestros pies un río de jacinto
                     corría sin rumor hacia la muerte.
                     
 
                                       ***

Librería París, en Zaragoza

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