Los escritores
Jaén, Riquelme y Vargas Ediciones, Col. Libro Amigo, con Prólogo de Juan Manuel Matés Barco, 1995
Quien haya seguido con alguna fidelidad la trayectoria de Ricardo Serna y conozca de antemano sus minuciosas maneras literarias, no se sorprenderá demasiado ante esta docena cabal de relatos intensos y de excelente factura, escritos con precisión, lirismo y buen sentido narrativo.
Su libro anterior, titulado La noche de papel, ya obtuvo ecos sonados. Sus cuentos fueron bien acogidos por lectores y crítica especializada.
"Serna utiliza un lenguaje llano pero selecto, con una muy rica adjetivación. Construye frases de hondo lirismo, cuajadas de imágenes poéticas" (Mariano García, Heraldo de Aragón).
Se nota un mimo muy cuidadoso y especial en las ambientaciones, y no duda el escritor en situar a sus personajes en lejanos y misteriosos escenarios, como Rusia o Albania, por poner un simple ejemplo, territorios imaginados más que recorridos, lugares y situaciones que resuelve el zaragozano con finales fascinantes.
Como escribió el malogrado crítico y actor cultural Félix Romeo, los personajes de Ricardo Serna son "criaturas normales que reflexionan como única solución para salvar su soledad" (Félix Romeo Pescador, Diario 16 de Aragón).
Resulta interesante por demás la utilización del lenguaje, muy atinado en sus diversas variantes expresivas, capaz de adaptarse a la entidad de los personajes, alcanzando altas cotas líricas a veces o descendiendo a caminos prosaicos por los que llegar, incluso, a indagar con acierto en el difícil y escabroso territorio de lo confesional.
Escritores tan admirados en el ámbito literario nacional como Dolores Medio, Alonso Zamora Vicente o el mismo Miguel Delibes, han corroborado luego los juicios positivos de la crítica con sus propias opiniones.
En esta ocasión, Serna incorpora doce argumentos distintos, unidos por el común lazo de algunos personajes, casi siempre protagonistas, ocupados en el noble y antiguo oficio de escribir. Doce nuevos relatos que no dejarán de asombrarnos por la visión que nos brindan de algunas facetas ocultas y humanas del escritor vocacional.
Para que puedan hacerse ustedes una leve idea de los contenidos de este libro, proponemos la lectura del cuento titulado El escritor callado, incluido en la entrega de Los escritores. Se trata de un relato breve donde se nos habla del mito del hombre derrotado.
"Antonio
Redondo había heredado la casa de Fuentefría a la muerte de su abuela Luisa, la
madre de su padre. Y al morir éste, quiso olvidar las penas que ofrece la vida
refugiando su amargura en el antiguo caserón familiar.
Todos,
tanto sus amigos -más bien escasos, por cierto- como los parientes más
allegados, le desaconsejaron el retiro en la casa de campo. Antonio prefirió
hacer oídos sordos a semejantes opiniones y huir cuanto antes de la ciudad
inclemente.
Los
preparativos fueron breves, aunque el estado de la casona le impidió, de
momento, gozar de las comodidades que le eran familiares en su apartamento de
la ciudad. No importaba, el caso era estar lejos de aquel infierno de soledades
que le asfixiaba cada día con mayor tenacidad.
.+Casa+palacio.bmp) |
Antonio Redondo vivió feliz en el campo -tranquilo, mejor dicho-
durante seis o siete meses. |
Antonio
Redondo era considerado por sus conocidos como un escritor con posibilidades. A
sus treinta y siete años, tenía dos libros editados y un montón de novelas,
artículos y ensayos a la espera de una oportunidad que no llegaba. Todos lo sabían
y no le faltaban los ánimos de sus compañeros de trabajo. Porque Antonio
Redondo no se ganaba la vida escribiendo, desde luego, sino ejerciendo la
docencia en un centro de enseñanzas medias como profesor de literatura.
Una
vez instalado en el campo, Antonio procuró descansar; descansar y olvidarse del
mundo, del ruido, de la enfermedad que le aquejaba y del frenético vivir de la
urbe al que nunca terminó de acostumbrarse.
Podría
decirse que Antonio Redondo empezó a respirar desde que llegó a la casona del
río.
Al
atardecer, aquel lugar tenía mucho de mágico. Las hojas otoñales, amacigadas,
muertas, caídas, le mostraban la poesía toda que ofrece la parca del otoño en
la campiña. La naturaleza y él, paseante siempre por caminos que iba conociendo
poco a poco, llegaron a ser amantes silenciosos, cómplices de un momento
suspendido en el aire mudo de las horas canosas vespertinas.
Antonio
Redondo vivió feliz en el campo -tranquilo, mejor dicho- durante seis o siete
meses. Al cabo de ese tiempo, los pocos amigos que lo eran de verdad comenzaron
a dar señales de vida. Primero le visitó Juan Manuel, un compañero del
instituto.
-Esto
es delicioso, chico. Ahora entiendo que cogieses la excedencia. A ésto le llamo
yo vivir como un rey, si señor.
Y
siguió deshaciéndose en elogios hacia la casa y el buen gusto de Antonio hasta
el mismo momento de regresar a la ciudad.
Otro
tanto pasó con Soriano. Carlos Soriano, funcionario y amigo de Antonio Redondo
desde la infancia, se presentó un buen día en la casona sin avisar.
-Ya
veo que sabes hacer bien las cosas, hombre. Así se las ponían a Carlos IV.
Un
rey u otro era lo de menos. Es claro que la historia no era su fuerte, ni mucho
menos, pero lo que contaba en verdad era la filosofía, el fondo, la esencia de
la frase. Así que todos parecían coincidir en la creencia de que Antonio
Redondo se hallaba la mar de bien en su retiro de Fuentefría.
Y
en cierto modo no se equivocaban. Allí podía sentir más de cerca la lluvia, la
enérgica voz del trueno en la tormenta, el gemir tristón del río vecino y hasta
el crepitar de las ramas secas bajo sus pies lentos y andariegos.
Su
moral, sin embargo, había decaído bastante desde su marcha de la ciudad,
seguramente por el ritmo solitario de su nueva existencia. Seguía escribiendo,
pero en los argumentos de sus relatos ya no se vislumbraba la mínima esperanza.
Sus personajes se oscurecían con él, perdiendo así todo ropaje o seña de
vitalidad. Antonio Redondo se estaba muriendo. Y con él se iban también
aquellas esperanzas de sobresalir, de llegar a ser un escritor conocido y
respetado. Redondo se moría de angustia, de soledad, de hastío y, según creía
él, de cáncer. Conocía su grave dolencia desde hacía tiempo, pero los médicos
le habían dado todas las esperanzas posibles de curación.
Fue
su corazón quien le traicionó al final. Un buen día -miércoles para más señas-
sintió una punzada en la parte izquierda del pecho. Era como si le estuviesen
clavando un finísimo estilete veneciano. Luego se desplomó junto a la mesa
camilla del cuarto de estar, sintió una rápida sensación de asfixia y todo
acabó en un santiamén.
Veinte días justos después del sepelio, llegó
una carta a su nombre hasta la casa de Fuentefría. Tuvo que abrirla su albacea,
por cierto. En ella, una prestigiosa editorial solicitaba su permiso para
empezar a publicar, a bombo y platillo, todas sus obras, una tras otra. Decían
de ellas, y en especial de las novelas, que tenían un lenguaje cuya virtud
principal consistía en el arte de conjugar la pasión y la fuerza de la palabra
con la dulzura fresca del sentimiento humano.
Y aún hoy, transcurridos quince años desde su fallecimiento, lo siguen repitiendo como idiotas".
.·.
 |
| Librería París, de Zaragoza |
Encargar este libro