Un texto de lectura libre

Lectura libre de este mes

En este apartado del blog, ponemos a disposición de los lectores textos originales de Ricardo Serna. Cada cierto tiempo se irán renovando, de manera que los visitantes asiduos de esta página literaria puedan tener opciones diferentes de lectura.


Arantxa y el dragón donostiarra
Del libro Los escritores, Riquelme y Vargas Ediciones, Jaén, 1995.

   Me llamo Arantxa, Arantxa Iribarren Lozoya. Tengo dieciséis años largos, casi diecisiete, y estudio tercer curso de bachillerato en el instituto Gabriel Aresti de Bilbao. Estoy aquí hoy, sentada frente al teclado de mi ordenador, para contarte una historia inverosímil y absolutamente cierta al mismo tiempo. Comprendo que la gente no crea ni una palabra de lo que afirmo; si yo estuviese en su pellejo, tampoco me tragaría semejantes cosas. Y no voy a reprocharte nada a ti si, al final, cuando acabes de leer mi relato, te encoges de hombros y te largas diciendo que no son más que patrañas y cuentos. Allá tú. De todas las maneras, mi obligación es contar lo que vi, lo que me pasó, seguir diciendo la verdad a todo el mundo y dejar constancia de los hechos allá donde vaya. Eso me aconsejaron mis hermanos, mis amigos y profesores; en especial Fermín Abadía, el de literatura, que es el tutor de mi clase y el más trabajador y cariñoso de todos.
   Me da vergüenza empezar porque no sé escribir y temo hacerlo mal de remate y que no me entiendas. Además, tampoco me resulta fácil encontrar un principio para semejante historia; al menos así, por escrito. Porque hablar da menos corte y ya es otra cosa. Daría un brazo ahora mismo por ser Txema, Torrente Ballester, Alonso Zamora Vicente o alguien por el estilo, con facilidad para decir cosas, para escribirlas bien y con soltura.
   Bueno, el caso es que hace dos meses, el quince de agosto para ser exactos, paseaba yo con Gore —mi hermanita pequeña de seis años— por la playa de Ondarreta. Estábamos todos en Donostia de vacaciones, aprovechando que Txema, mi hermano mayor, el escritor, dejaba libre su piso casi todo el mes. Se hallaba en Munich, supervisando la edición, en alemán, de su última novela, buenísima por cierto. Se titula La isla de los desiertos. Hace cuatro o cinco meses que anda por los escaparates de las librerías. Quizá la conozcas. A mí me encanta. Los críticos —que no entienden ni huelen— dicen que resulta demasiado intimista. Pamplinas. El caso es que se está vendiendo muy bien en España. Ya se ha traducido a tres idiomas. Estoy muy orgullosa de Txema; puede que hasta se note demasiado y todo, no sé.
Playa de Ondarreta, en San Sebastián. [Foto de Marisa Harguedas]
   Serían las tres o tres y pico. Mamá estaba fregando los cacharros de la comida y mi padre dormía la siesta desde las dos y media. Hacía un calor de mil demonios y Gore se puso bastante impertinente.
   —¡Anda, Arantxa, bonita, llévate a la pequeñaja por ahí un rato, a ver si se calma¡ —suplicó mi madre a gritos.
   No me quedaron más narices que coger a Gore de la mano y bajarla un rato a la calle.
   Al pasar junto a la heladería, recuerdo que le compré un cucurucho de nata y crema tostada, que luego compartimos a medias; más que nada para que dejase de berrear la puñetera. Veinte duros me costó la fiesta.
   El caso es que cruzamos la carretera y nos plantamos en la playa en un santiamén. Era pronto para bañarse y ya no había nadie tomando el sol. En la Concha es otra cosa, pero allí, en Ondarreta, no queda un alma pasadas las dos y media o las tres. Luego, sobre las cinco, las arenas se pueblan otra vez de señoras con celulitis y de hombres mayores que se entretienen haciendo el crucigrama del periódico.
   Avanzamos hasta la orilla. Las olas, muy cautas, formaban al morir una espumilla blanca que envolvía con cariño nuestros pies. Gore parecía feliz. Me senté en la playa y dejé que mi hermanita corretease por ahí con libertad. Entonces fue cuando, apoyada con los antebrazos en la arena, me acordé de Javi, el de tercero de letras. Es un amor, el tío. Y según dice Begoña, mi mejor amiga, le voy un montón.
   Gore disfrutaba como una tonta correteando por la playa de un lado para otro. Yo pensaba en Javi; ella, mientras, iba y venía de aquí para allá como una loca de atar.
   Pero al cabo de unos minutos, observé que la cría se había quedado inmóvil junto a la orilla, sin cantearse un pelo, con la atención fija en alguien o algo que había logrado captar de repente su atención. Me chocó bastante, porque Gore siempre ha sido muy distraída y no se inmuta nunca por nada, así que me incorporé y la llamé a gritos para que volviese a mi lado. Ni caso; no me hizo ni caso. Me levanté para ir a buscarla y entonces fue cuando me pareció verlo a lo lejos por vez primera. Al principio no me asusté ni nada; pensé que se trataba de un delfín o de algún otro bicho parecido. La pequeña, en cambio, me dijo que había visto un dragón en el agua.
   —¡Y es muy grandote, con alas, —añadió— como los del cuento de papá¡
   A primeros de agosto, mi padre nos había comprado un libro de cuentos legendarios, muy bonito por cierto, con ilustraciones a todo color y unos textos, traducidos del danés, la mar de chulos. A decir verdad, el libro tuvo un éxito increíble en la familia. Todos lo hojeamos, incluso Toti, que va de duro por la vida, alardeando siempre de tener amigos yonquis en la panda y otras chorradas por el estilo. A él le gustó el libro más que a nadie; hasta se lo llevó a la cama y todo un par de noches pensando que nadie se daba cuenta. Lo que pasa con Toti es que es medio gilipo, el pobre. Y no lo digo por lo del general espartano, sino por la tontez que se gasta, que no es menuda. Encima, por si fuera poco, está en la edad del pavo, como dice mamá.  
   El caso es que Gore no se cansaba de repetirme, una y mil veces, que era un dragón, un dragón como los del libro de papá. Yo procuré tranquilizar a la pequeña, que estaba medio histérica, al tiempo que aguzaba la vista lo más posible. Fue inútil. Al cabo de un minuto —de dos quizá— cansada de escrutar el horizonte, di por sentado que se trataba de algún animal grande, de algún cetáceo que rondaba la costa, sin más historias.
   Y todo podría haber acabado ahí de no ser porque, de pronto, al girar la vista hacia el roquedo del este para regresar, vi levantarse del mar un ser increíble, tremendo, de color gris ceniza, mezcla de reptil y de ave, una especie de enorme fiera con cuerpo de iguanodonte cretácico, cabeza de jirafa deforme, ojos pequeños y saltones y alas de murciélago descomunal. Las patas delanteras parecían manos. Tenía, por lo menos, quince metros de largo y nadaba como un pez —mejor, si cabe—  moviendo despacio, sin brusquedad, su cola de saurio gigantesco.
   Te juro que es verdad. ¿Qué iba yo a ganar con mentirte? Y no me digas que pude equivocarme porque no es posible. Está claro que no miento. Además, entre el dragón y nosotras, no mediaban ni cincuenta metros. Lo vi como estoy viendo ahora mismo la pantalla de mi ordenador.
   Me quedé rota, claro, imagínate. Lo tenía delante y no daba crédito a mis ojos.
¡Mira, mira, mira¡ —vociferaba Gore, saltando a mi lado, toda satisfecha—. ¿Ves como sí que era un dragón, tonta, lo ves?
   Era un dragón, desde luego. Un dragón muy parecido a los del libro de cuentos de mi padre.
   Permaneció en la superficie unos quince segundos. Luego se zambulló, girando en redondo, y se perdió mar adentro sin dejar el menor rastro.
   Reaccioné al instante. Cogí de la mano a Gore y salimos pitando de la playa. Una vez en casa, me lancé como loca en busca del libro de cuentos de papá y comparé las ilustraciones del relato con el ejemplar avistado en Ondarreta. Se parecían bastante; hasta puede que demasiado.
Era un dragón, desde luego. Un dragón parecido a los del libro
 de cuentos de mi padre
   Sólo quedaba una cosa por hacer: contarlo. Y ahí estaba precisamente el problema. ¿Quién, en su sano juicio, iba a ser capaz de tragarse una historia semejante? Pues Txema, sólo Txema. En un principio, decidí esperar a que mi hermano regresara de Alemania, pero conforme pasaban las horas, la impaciencia me devoraba el estómago y opté por contárselo a mis padres. La pequeña Gore, por su parte, ya lo había gritado a los cuatro vientos, aunque nadie le había hecho repajolero caso, como es natural.
   —¡Hay que ver qué imaginación tiene esta criatura, por Dios¡ —decía mi madre, sonriente.
   Había que hacer las cosas bien. No me podía permitir el lujo de contarlo como se cuenta una película, de ningún modo. Así que antes de cenar, a las nueve y media, reuní a mis padres en mi habitación. Era un lugar íntimo, privado, el sitio idóneo para que no tomasen a guasa mis palabras.
   Mi madre —aún lo estoy viendo— creyó que les iba a salir con problemas de chicos. Las madres siempre están pensando cosas raras; son la leche.
   Se pusieron muy serios los dos. Me conocían lo suficiente como para saber que no acostumbro a mentir. Les conté, sin rodeos, lo que Gore y yo habíamos visto en Ondarreta después de comer. Ellos se miraban sin saber qué hacer ni qué decir. Me consta que mi madre, no obstante, respiró aliviada. Prefería dragones a embarazos. Y mi padre, el pobre, no sabía por dónde salir.
   —Mira, hija, yo te creo. Y tu madre también. Puedes estar segura de que te creemos, pero es posible que todo lo que visteis haya sido, simplemente, fruto de una mala pasada de la mente. A veces suceden cosas así, cariño, de veras.
   —Pues claro que sí, Arantxa —apostilló mi madre—. Tu padre lleva razón. Habéis leído los cuentos que trajo papá y quizá os hayan impresionado las ilustraciones de un modo especial. No le des al asunto más importancia de la que tiene, cielo.
   Ante la tibieza de sus respuestas, reaccioné con valentía. Les dije que pensaba ir a los periódicos y a las emisoras de radio para contarlo todo con pelos y señales, y que me importaba un bledo que ellos se lo creyesen o no.
   Mi padre dudaba. Incluso diría que llegó a creerme de corazón. Mi madre, en cambio, no. Y aun hoy, a pesar de lo que afirman psicólogos y especialistas acerca de que no miento, ella sigue guardando un silencio tenso que delata su incredulidad. Se encuentra tan apegada al mundo burgués, a los objetos y cosas que la rodean, que no es capaz siquiera de imaginar algo así. No la culpo. Como te he dicho antes, comprendo que la gente no crea ni una palabra de mi historia. Qué le vamos a hacer.
   Cuando, el día cinco de septiembre, Txema regresó por fin de Munich, escuchó mi relato con verdadero interés.
   —Yo que tú —comentó al final— me iba a las emisoras de radio y lo contaba sin miedo. Lo peor que puede pasarte es que te acusen de mentirosa.
   Así lo hice. La noticia corrió como un reguero de pólvora por toda la costa y pronto se enteraron mis amigas, vecinos, profesores y compañeros de instituto. El teléfono no cesaba de sonar. Hasta salí dos veces en televisión. Me hicieron un millar de tests de personalidad y un sinfín de rigurosas pruebas psiquiátricas. Al final, los médicos y expertos admitieron que yo no mentía en ninguna de mis afirmaciones, lo que todavía causó más revuelo si cabe. Hubo quien dijo, sin embargo, que mi verdad estaba mediatizada por ciertos reflejos incontrolados que habían generado en mi cerebro, previamente, las lecturas familiares. Una hipótesis, ésta, con la que muchos comulgaron.
   El día seis de septiembre volvimos a Bilbao. Txema se quedó en su casa de Donostia y los demás regresamos a nuestras respectivas obligaciones cotidianas. Al despedirnos, mi hermano me prometió escribir un relato basado en mi singular aventura.
   El veintiocho de este mes es mi cumpleaños. Me encantaría que su regalo fuera ése, el cuento del dragón donostiarra.
   ¿Y tú qué, tampoco te lo tragas, verdad?

                                .·.


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