Lecturas libres

Lectura libre

En este apartado del blog, ponemos a disposición de los lectores textos originales de Ricardo Serna. Cada cierto tiempo se irán renovando, de manera que los visitantes asiduos de esta página literaria puedan tener opciones diferentes de lectura.




Un día redondo 
Publicado en el libro Caballeros de la luz, Arbalea Ediciones, 2004.



UN DÍA REDONDO


        Amaneció lloviendo. Lloviendo, tronando y con una ventisca recia que invitaba a no salir de casa so pena de arriesgarse a perecer de una bofetada de viento dada con muchos aires y de mala manera, o por la descarga de un rayo, como le sucediera tres años atrás a mi buen amigo Carlos García Feliz, que en paz descanse.
         Por cierto que la lápida sepulcral de García Feliz es una de las más peculiares del cementerio de esta ciudad. Carlos era francmasón, y Laura, su viuda, respetó los deseos de su esposo y lo hizo incinerar, y tras depositar sus restos en el interior de un nicho, ordenó grabar una lápida de mármol oscura en la que, escoltando el nombre y fechas de nacimiento y defunción del finado, se pueden ver la cruz cristiana, a un lado, y la escuadra y el compás masónicos al otro. En fin, que no somos nada, qué le vamos a hacer. Me pregunto a qué venía esta digresión tan fúnebre. Sería por la descripción del tiempo endemoniado que hacía la mañana aquella, imagino. 
         Eran las seis y minutos. Y, como digo, amaneció lloviendo.
         Yo, viendo que llovía, me llené de valor y llamé a María. María me dijo que llovía –le repliqué que sí, que lo sabía-, que eran las seis de la mañana, que si estaba majara y algunas cosas más relativas a mi madre que prefiero callar. Y antes de colgarme -de colgarme el auricular-, remató como suele:
         -¡Que te den morcilla, majo!
         Y la imaginé en ese instante con el ceño fruncido y cara de malas pulgas, el brazo extendido y el dedo corazón erecto en medio de un puño cerrado con rabia.
         Se oyó el clinc y enmudeció María. Yo también. A decir verdad, ni me dio tiempo siquiera a enmudecer. Apenas dije hola, nada más. El resto de la conversación la puso ella.
         Debí de cogerla en mal momento porque María es dulce, muy dulce. Mucho, de verdad que es muy dulce. No me explico.
         Me preparé el desayuno y lo degusté con calma, viendo en televisión un programa horrendo de canción hispanoamericana; una cosa cutre de lo más. Tomé café con leche, galletas y mermelada de ciruela. Ni café ni leche, por no mentir, sino descafeinado de bote, granulado, con dos cucharadas de leche en polvo desnatada y agua caliente del grifo. Las galletas eran de régimen, de trigo integral, duras, insípidas y bastante asquerosas. Y nada digamos de la mermelada light, tan natural ella, fabricada con espesantes, acidulantes, antioxidantes, colorantes y aromas. Una porquería verde y viscosa, en realidad.
         Luego me puse a limpiar los cuatro cacharros sucios del fregadero y recogí la cocina en un santiamén. Me costó poco. Las tareas domésticas se me dan bien, y estoy acostumbrado a ellas. Casado con María, es preciso estar acostumbrado a ciertas cosas. Es muy dulce María, muy dulce y muy suya.
         Hace una semana o así, María se enfadó conmigo un poco. Y todo por una idiotez, supongo. La verdad es que ya no recuerdo los motivos. Recogió cuatro pingos en su bolso de fin de semana y arrambló con las llaves del coche.
         -Me voy, majo. Aquí te quedas. ¡Que te aguante tu madre, si tiene pelotas! -gritó. Luego dio un portazo regular y se esfumó como si nada.
         Me quedé mudo viendo visiones, incorporado en la cama, con las piernas cruzadas a lo sioux y absolutamente perplejo. Sólo me faltaba un gorrito de papel en forma de cucurucho para parecer un perfecto asno.
         Al cabo de tres horas, a eso de la una o una y media de la madrugada, se me ocurrió llamar al chalet de la playa. Bendita ocurrencia.
         -¿Si?
         -¿María? Oye…
         -¡Vete a la mierda!
         Y colgó. Colgó y abandonó el aparato bajo un cojín del sofá. Lo hace mucho. Al menos supe que estaba bien. Mejor que yo, probablemente. Me recosté sobre la cama hecho unos zorros y con los nervios de punta. Apenas dormí tres horas aquella noche.
         Y es que María tiene sus cosas, como todo el mundo. Pero dulce sí que es, ya lo creo, y una pizca temperamental quizá.
         Seis días hace que no sé nada de ella. Imagino que estará bien. En la casa de la playa siempre está uno bien. Ya he dejado de preocuparme, la verdad. El teléfono comunica sin cesar y doy por hecho que se lo está pasando en grande tostándose al sol y charlando con el imbécil del vecino, que no hay quien lo aguante desde que hace pesas en un gimnasio de culturismo. Dentro de unos días, cuando acabe de examinar a mis alumnos, alquilaré un coche e iré a buscarla.
         Me metí en el baño a las siete en punto. Lo recuerdo bien porque puse la radio para escuchar el parte de calamidades; de noticias, quiero decir.
         Apenas bajaba un hilillo de agua fría y me escaldé la espalda. Tuve que renunciar y salir de la pila como una exhalación. Luego hice la cama, recogí un poco la casa y llamé por teléfono a un taxi. Llegó en dos minutos.
         Intenté conversar con el chofer por aquello de amenizarle un poco el trayecto, pero el tipo, un hombre joven, moreno, de pelo largo, me miraba de manera incómoda desde sus gafas de sol a través del espejo retrovisor sin decir esta boca es mía, pensando seguramente que yo era uno de esos chalados optimistas que pretenden humanizar la vida de las grandes urbes. Así que decidí callarme y mirar la cara de mono de los conductores que nos adelantaban por el carril de la derecha.
         Cuando quise darme cuenta, el coche frenó con brusquedad frente a la entrada del instituto.
         -Diecinueve con setenta, amigo.
         Le pagué el dinero justo y salí del coche. Pero antes de que arrancase, me acerqué hasta la ventanilla delantera y me desahogué un poquito. No pude evitarlo.
         -Yo no soy su amigo. No me gusta tener amigos tan simpáticos como usted, ¿se entera? Pues eso.
         -¡Anda y que te den, abuelo! -replicó malcarado.
         Arrancó en segunda marcha, marcando la goma de las ruedas en el pavimento blanquecino de la calzada, y se perdió calle arriba en menos que canta un gallo.
         Una vez en mi despacho, pronto me vi asediado por multitud de alumnos de tercer curso, deseosos de conocer la nota del último parcial de literatura.
         Saqué las listas poco antes de las diez. El ochenta por ciento habían suspendido. Los jóvenes se apiñaban a codazos y empujones ante el tablón de anuncios del departamento. Dejé entreabierta la puerta del despacho y tuve que oírme algunas cosas que hasta me avergüenza recordar.
         La clase de las diez fue de lo más tensa. Nadie respiró. Ni se escuchaba siquiera el trasiego zumbón de las moscas por los cristales habitualmente sucios del aula.
         Tras hablarles cincuenta minutos de los principios fundamentales de la literatura social española de posguerra -menudo palo, por cierto- les eché un sereno y turbador vistazo general que los mantuvo en vilo más de cuarenta segundos. Luego me despedí hasta mañana. Siempre me despido hasta mañana, incluso los fines de semana o las vísperas vacacionales.
         A las once vino a verme el secretario con un montón de papelotes bajo el brazo para leer y firmar. Me pasé el resto de la mañana entre lecturas tediosas y llamadas inoportunas. Un asco.
         A las dos salí del instituto. Quise comer en La Rinconada, pero el local estaba cerrado por defunción. Me cagué en sus muertos y me arrepentí enseguida. Comí al final en el bar del instituto. Ensalada especial, guisantes con jamón, huevos al plato y flan de vainilla. Suena bien, ya lo sé, pero está de muerte, y en el peor de los sentidos. Sólo comen allí los alumnos más conformados y algún que otro suicida de mal gusto.
         De cuatro a cinco tuve otra clase de literatura en el aula magna. La dediqué a subrayar la importancia del lenguaje en nuestras conversaciones cotidianas. Faltaron muchos y se durmieron seis o siete alumnos, por lo menos. Yo mismo acabé medio dormido.
         A las cinco y media llamé a otro taxi para regresar a casa. Seguía lloviendo sin cesar, aunque débilmente. Anhelaba la paz de mi modesta biblioteca y el relajado compás de un disco de jazz instrumental.
         Tras agotar el trayecto, aboné con resignación la carrera y pisé un zurullo de perro al bajar del coche.
         Un día redondo, sin duda.

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