www.anónimo.es
El título de este peculiar poemario podría parecernos un mero ejercicio de oportunismo, ya que vivimos sumidos en plena era expansiva de la informática. Pero, muy al contrario, semejante epígrafe tiene su motivación y su razón de ser. No hay más que comenzar a leer los poemas del libro para comprenderlo bien.
Contemplamos una obra lírica que nos traspasa el alma enseguida con su franqueza refrescante. La palabra del poeta se vuelve nube de tormenta, paloma veloz o verbo roto, según los momentos expresivos en que nos situemos. El adjetivo justo, la ruptura de las normas clásicas de puntuación y el mensaje explícito de los versos, nos golpea con rotundidad el intelecto para guiarnos hacia la poesía drástica de Miguel Labordeta, un mito más que un vate, una leyenda más que un escritor de carne y hueso. A Miguel Labordeta homenajea Ricardo Serna a lo largo de su poemario, un libro de catorce piezas -la última un soneto redondo- que nos acerca a un periodo muy particular del trayecto poético del poeta fallecido en agosto de 1969.
Entenderemos mejor los textos cuanto más hondamente conozcamos de antemano la obra labordetiana; pero aun desconociéndola por completo, los versos de Serna nos trasladarán a una España del pasado donde palpitaba el dolor y el sentimiento.
Serna quiere hacerse uno con el bardo de los años grises de posguerra, y huir luego por el túnel del tiempo hacia esa otra Zaragoza en la que la monotonía de la vida sólo eran capaces de romperla los sueños de los orates o las palabras acres de los poetas nuevos y sensibles. Y en aquella antigua Zaragoza a la que Ricardo Serna nos remonta con sus versos, nos encontramos en la primera esquina con ese Miguel grande y calvo de las tertulias del café Niké, un hombre niño, un profesor de ensueños y de espumas.
Leemos ahora uno de los poemas pertenecientes a esta entrega. Se titula Las bodegas del Ebro. Advertimos que la estructura sintáctica del poema no responde -adrede, naturalmente- con las normas habituales de la lengua española; además, se ha prescindido de las comas. Se trata de lo que el escritor llama poema río, un tipo de estructura lírica de su propia invención.
Encargar este libro
Serna quiere hacerse uno con el bardo de los años grises de posguerra, y huir luego por el túnel del tiempo hacia esa otra Zaragoza en la que la monotonía de la vida sólo eran capaces de romperla los sueños de los orates o las palabras acres de los poetas nuevos y sensibles. Y en aquella antigua Zaragoza a la que Ricardo Serna nos remonta con sus versos, nos encontramos en la primera esquina con ese Miguel grande y calvo de las tertulias del café Niké, un hombre niño, un profesor de ensueños y de espumas.
Leemos ahora uno de los poemas pertenecientes a esta entrega. Se titula Las bodegas del Ebro. Advertimos que la estructura sintáctica del poema no responde -adrede, naturalmente- con las normas habituales de la lengua española; además, se ha prescindido de las comas. Se trata de lo que el escritor llama poema río, un tipo de estructura lírica de su propia invención.
Desde el faro el
poeta anida sueño y amor
en mensajes amables
propicios ocasos
de memoria que
viaja hasta la edad de la nada casi
cuando todo se veía
grande grande y nadie
se fijaba en tus
manos sucias hasta la hora de comer
todos juntos en la
tabla de la cocina. Esa edad negra
y blanca de carreras
locas por los bulevares de plata
de atardecer en
plátanos grandes.
Hay que bucear en
esa lágrima sueño y mal tiempo
en los cristales de
casa de mi padre con miedo
a morir con los
ayeres a ver qué o con qué
se cargan los
fusiles.
Es la paz (decían)
como si tal cosa
y llovía mucho en
casa de mi padre.
Fue a la edad de la
nada mi edad dulcísima
en la casa de un
señor buen catedrático bueno
que no quiso
caminar sin pantalones entre los tricornios
donde me fabriqué
sueños primeros con aventura
en la buhardilla de
nubes amigos y hermanos
tristeza de tardes
cansinas que soñábamos yo conmigo
y con ellos también
a ser aquellos otros con marbete
de vencedores y
burgueses palacios nidos con doncella.
Fue a la edad que
uno mira de reojo a su padre los sábados
de edad muerta de
infancia con caballo de cartón y piedras
a palomos de tejas
que gimen y sangre luego de todo
en las aceras. Con
fusilados cantos de guerra que fueron
adorno de
cicatrices malditas.
Allí en la casa me
hice niño de soledades altivas
que miraban de
frente a la frente que inventaba
castillos de
verdugos suplicios atroces.
Y heme aquí
añorando el faro desde donde el vigía
servíase la dosis
oculta de secretos infantiles
en memoria
destilada crédula y amable
una vez y otra sin
desfallecer en esa calle breve
o larga en voces y
gritos sonoros.
A diez quince
metros puede del mercado
bajaba el miedo
conmigo a las bodegas del Ebro
pasillos millas
negras de poetas cubanos qué miedo
tenían los niños
entonces con ello. Y viajaba jugando
a túneles hechizos
que es cierto –lo juro– llegaban muy lejos
a estancias enormes
de metros y metros de muros
de piedra con todo
y el ruido asustaba a cualquiera
en silencio sagrado
de truenos callados y eso miraba
que la noche dentro
devorase el tiempo carnoso
sin probar ni
arruinar a bocados mi sexto sentido.
Explorador de naves
varadas mazmorras enteras
de la calle del
Temple a las que llegaba con chicos
de panda de calles
cercanas y menos
en el invierno de
las edades oscuras y azules.
Bajo la iglesia del
párroco grande iban los pasajes
de inciertas edades
llenas de afán de alegía y besos
y luego también
cabezas cortadas con sonrisa en los labios.
Eran de moros
hablaban los que nada sabían. Y yo bajaba
conmigo y con otros
una cien mil veces al pozo profundo
de historias
habidas en sitios oscuros.
Penosa edad cuando
pasa y te ves los pies tan grandes
o más aún que los
muertos más grandes los tienen.
Porque desde mi
faro anidaba el afán del recuerdo
y entonces ni
quedaba una tarde viva
que iniciase
valiente huracanes de regreso.
.·.![]() |
| Librería París, de Zaragoza |
Encargar este libro

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada