La noche de papel


La noche de papel. Relatos completos, 1968-1987
Zaragoza, Colección Compás Narrativa, con Prólogo de Guillermo Fatás, 1990.


   Con la edición de los cuentos completos de Ricardo Serna hasta el año de 1987, se logra llevar al gran público una obra minuciosa, bien hecha y poco difundida aún, en la que cada pieza es, por sí misma, un ejemplo de escritura.
   La brevedad de los relatos -sesenta y seis en total-, así como la intrínseca amenidad genérica de los mismos, hacen de ellos herramientas útiles para la evasión reflexiva del lector, quien saldrá -de ese modo- doblemente beneficiado con la lectura.
   A través de un lenguaje cuidado, escogido, pero no por ello menos natural y espontáneo, Serna nos incorpora a sus mundos irreales donde nada es cierto y todo es verdad. En ocasiones, la historia se convierte en mera excusa literaria, siendo la palabra protagonista indiscutible del discurso. "En su colección de cuentos -escribió Gonzalo Ortega Aragón- hay algunos antológicos. Domina diversas técnicas y fórmulas en la narrativa breve y su manejo del idioma es meticuloso, perfecto".

   Dejamos en este punto al lector en compañía de un breve relato incluido en La noche de papel. Concretamente, con el cuento titulado Del amor por el amor, texto que Serna dedica a la memoria del singular escritor Ramón del Valle-Inclán. En puridad, más que un relato con argumento tradicional, se trata de un homenaje literario.
A Ramón Valle Peña (1866-1936)


Retrato de Ramón del Valle-Inclán en 1930.
[Publicado en Heraldo de Madrid
el 6 de enero de 1936.
   "Han pasado por mi vida pocos nombres, tan pocos que no puedo siquiera pronunciar sus apellidos. No los sentí en el fondo, no amé su literatura. Ahora es todo muy distinto. Mi cabeza parece una sonata de primavera. Leo en un viejo libro. Anochecía cuando la silla de posta traspuso la Puerta Salaria y comenzamos a cruzar la campiña llena de misterio y de rumores lejanos. Era la campiña clásica de las vides y los olivos, con sus acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa ondulación de los senos femeninos...
   Ramón Valle descansa y guarda silencio. Ahora soy yo quien lanza al aire su pluma fallecida; yo quien os manda ese grito, esa voz entintada, esa imagen muerta y tan viva en el tiempo.
   He amado tu amor, he querido tu palabra bohemia, he sentido en el corazón la necesidad de retomar tus libros, amigo mío, porque un día los leí con interés y entendí ese amor por el amor, ese afán por la expresión, ese fondo indefinido que te roba la razón a media tarde.
   Son las doce en punto. En el aire una oración y en mi cerebro, incesante, la misma idea: la del amor por el amor. Crear, es preciso crear una y mil veces imágenes distintas. Hay que trabajar hasta el agotamiento, hay que escribir aún más, amigo antiguo.
   No me daba cuenta de que tú no puedes. Has muerto, según dicen. Sí, naturalmente. Pero has muerto en la presencia, en el espacio, nunca en la memoria ni en el tiempo.
Me voy a fumar un cigarrillo y a terminarme el café. Estoy cansado".
.·.

   También deseamos ubicar aquí otro texto bien distinto publicado igualmente en La noche de papel. Es un fragmento breve de un relato que lleva por título La noche de la promesa, y que describe y narra parcialmente una ceremonia masónica de iniciación ritual. Que lo disfruten.

[Foto de A. Ceruelo]
   "...vi cómo eran abiertas dos anchísimas puertas correderas y escuché una voz que, desde el interior de aquella estancia oscura y nueva, repitió por dos veces la misma frase: Aquí te recibimos, Miguel, pobre y desnudo. Acto seguido, alguien -no sé quién lo hizo- empezó a subirme la pernera izquierda del pantalón, hasta conseguir dejar visible mi rodilla. También noté que me desabrochaban los botones de la camisa, al tiempo que me quitaban el zapato del pie derecho. En su lugar, me colocaron otro calzado más blando; una zapatilla, creo.
   Mientras tanto, yo no hacía más que mirar hacia el interior de aquel tétrico salón, iluminado tan solo por multitud de cirios encendidos. De vez en cuando, se movía ligeramente alguna de aquellas luces diminutas y podía contemplar la faz de un hombre, la tenebrosa faz de un hombre cualquiera.
   Entendí enseguida que todos estaban allí, en el gran silencio, esperando con ansiedad las palabras de mi promesa. Pronto dejé de verlos, ya que pusieron una tupida venda sobre mis ojos, atando con firmeza en la nuca los bordes sutiles del paño doblado.
   Me colocaron por fin un dogal alrededor del cuello y me guiaron, con pasos muy cortos y sin ninguna prisa, hacia el fondo del gabinete. De pronto, sentí una ligera punzada en el lado izquierdo del pecho y me detuve con brusquedad, mas recordé que también aquello formaba parte del rito primero.
   Cuando noté alejarse de mi piel el filo de la daga, volví a caminar otra vez, mostrando una cojera casi imperceptible y preocupado por el posible fracaso de la ceremonia solemne. Alguien me sujetó el brazo momentos después, como indicándome que debía pararme ya, allí mismo, en ese preciso lugar del salón. Y así lo hice, me quedé quieto en el sitio con los oídos muy abiertos, esperando escuchar la voz interrogante y renovada.
   Pude contestar sin errores a todas las preguntas del formulario. Luego me arrodillé en el suelo y sentí el roce de las puntas del compás en mi pecho. Era necesario hablar; todos estaban esperando mis palabras de compromiso...".
                                .·.
Librería París, de Zaragoza

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