Es de piedra el poeta. La construcción de la rosa
Zaragoza, Institución Fernando el Católico y Área de Cultura de la Excma. Diputación, Colección San Jorge, vol. 75, con Prólogo de Laura Suso Ruiz, 1999
Zaragoza, Institución Fernando el Católico y Área de Cultura de la Excma. Diputación, Colección San Jorge, vol. 75, con Prólogo de Laura Suso Ruiz, 1999
El segundo de los libros, La construcción de la rosa, recrea, a través de la metáfora, el difícil y lento proceso de conversión del ser humano en hombre social y en ser consciente de sí mismo. Es una senda de pasos perdidos en la cual se entremezclan, como sucede en toda obra humana, amores y consuelos, sonrisas y pesares, luchas continuas y extrañas contradicciones.
La rosa no es tal rosa, sino la imagen metafórica del hombre intemporal hecho a costa de esfuerzo, cincelado pétalo a pétalo con la exquisita paciencia de quienes, engañados a sabiendas, se piensan grandes y eternos. Entre los poemas que conforman la sugerente y gratísima entrega, vemos algunos caligramas y un poema acróstico. Son estas las piezas más llamativas y curiosas del volumen desde el punto de vista del juego poético, de la poesía contemplada como estructura y mecano.
Este libro, de cuidada estética y primorosos textos, indaga en lo más hondo del sentimiento humano, destapa recuerdos, abre puertas a la imaginación y a la remembranza, y sobre todo nos descubre a un escritor que se muestra cercano y testimonial, sincero y comprometido con su esencia más íntima. Todo un complejo y sutil universo al alcance de nuestras manos.
Podemos leer ahora mismo dos poemas espléndidos integrados en este volumen. El primero pertenece al poemario Es de piedra el poeta. El segundo, en cambio, forma parte del segundo libro, La construcción de la rosa. Habría que aclarar que los poemas de Es de piedra el poeta están dedicados a Consolación Cuesta, amiga de juventud del escritor zaragozano, fallecida en 1976 a la edad de diecinueve años, muerte que impactó mucho a Ricardo Serna en su día.
IX
Te observo desde el tiempo, desde las horas
vanas
del
eco enajenado, turbio, anclado en el rayo
proclive
de tus venas.
Te
miro y, sonrojada, te abrazas a mis penas,
al
llanto aciago y frágil de las horas tan graves,
afligidas
y yertas.
Te
miro desde el tiempo y se queda el aire quieto
-suspendido
en un beso- sobre la fosa angosta
que
arropa tu esqueleto.
Te
observo y, sonrojada,
te
duermes en el lecho.
XIII
Elle
se répand dans ma vie
comme
un air imprégné de sel.
(Hymne, Charles
Baudelaire).
Vienen tus labios de las siete y cuarto.
Y
en ellos, hija de Labán, mujer
-no
de Jacob, sino de otros mortales-
llega
la vida, palabra en la luz
coronada
de blonda cabellera,
narciso
quizá con ojos de almendra.
Vienen
tus manos de afecto y arena.
Llegan
hambrientas de extrañas querencias.
Paras,
te acercas y el mundo enmudece
de
envidia. Flores de mar o amormío,
nardo
liberto en las Romas claudinas,
ramo
de anhelos y fiebre de un día.
hurtando
en Tebas las aguas de invierno.
Llegan
diciendo que yo no soy Eco,
ninfa
de fuentes y bosques eternos.
Hablamos,
Rahel. Y entretanto observo
tus
ojos de miel, los labios serenos.
Viene
tu cuerpo hasta mi cuerpo entero
y
nos damos los dos en holocausto.
Hasta
Dante y Virgilio nos ofrendan
pétalos
blancos de su andar malsano.
Se
marcha el tiempo, se nos mofa Cronos.
Y
sucumbe la tarde en nuestras manos.
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