Caballeros de la luz
Tenemos entre manos un libro con dieciocho historias diferentes. Cada una constituye un particular universo, pero todas ellas en conjunto -al margen de asuntos y extensiones- se vertebran en torno a un estilo literario original de trazas clásicas, con toques ligeros de ironía y humor que agradan siempre y alivian el peso de ciertos mensajes.
Los argumentos no carecen en ningún caso de originalidad e interés. Hasta en los cuentos más breves, o en aquellos en los que lo descriptivo se apodera casi de lo inventado, el asunto aparece como elemento de soporte estructural.
Se nos cuentan en la entrega historias verdaderamente sugerentes y originales, como la del protagonista de Nadie lleva zapatos en el cielo, un difunto que nos relata, en clave de humor sardónico, su muerte y posteriores decepciones familiares. O esa otra curiosa y bien documentada historia que nos adentra en la ceremonia de iniciación de un profano en una logia masónica, pieza impresionante por su presunto verismo y que, además, da título al volumen, Caballeros de la luz, donde el protagonista nos guía en primera persona por la senda de sus experiencias rituales.
Algunos de los relatos aquí reunidos contienen un hábil entreverado de hechos y personajes reales, existentes, veraces, con otros que no lo son en absoluto. El juego literario y los gozos de la creación laberíntica, cobran en este nuevo libro de Ricardo Serna un especial protagonismo. De esta manera, verdad y ficción, vida e imaginación, se hacen objeto literario indivisible y sujeto activo de los cuentos.
Este volumen, como tantos otros, se ha escrito para ser leído sin prisa, saboreando cada frase, disfrutando morosamente de los mundos arcanos que el escritor esconde entre líneas, bajo el perfil inquietante y oscuro de los párrafos que conforman sus atractivos relatos.
Tenemos ahora la ocasión de leer un cuento formidable de este libro. Se titula Zumo de piña y nos habla de la pasión y el deseo. No se lo pierdan, amigos. Merece la pena leerlo.
Nos vimos dos, tres veces a lo sumo, en un
café de la Gran Vía. Nuestra relación anterior había sido escasa; prácticamente
nula, diría yo.
Conocí a Lidia en el instituto, aunque nunca
fue alumna mía, sino de mi buen amigo Joaquín. Él me habló de Lidia por vez
primera, de su inclinación hacia temas literarios y creativos y del curioso
interés que mostraba por mis libros.
Recuerdo que vino a casa una tarde para
hacerme una entrevista. Eran las cuatro y media, estábamos en mayo y hacía
calor, mucho calor. Yo me encontraba solo en el piso.
Le ofrecí una copa y empezamos a charlar.
–¿No tienes zumo de piña?
–Pues no, lo siento -respondí.
–Vale, da lo mismo.
Me di cuenta enseguida de que Lidia
intentaba captar mi atención, llevarme a su terreno, lograr que mis ojos se
encandilasen en la piel tersa de su envidiable cuerpo adolescente o en el
brillo notorio de sus pupilas sin fondo. Estaba sola con sus dieciséis años a
cuestas, sola y ansiosa de amistades nuevas, de experiencias repletas de
contenido que fuesen capaces de modificar, de repente y como por milagro, la
odiosa rutina de cada día.
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| ¿No tienes zumo de piña? |
Hablamos largo y tendido al calor de un
libro, de mi libro, y acerca de mil asuntos colaterales, como la necesidad
creativa o la selección de textos. Y hasta salieron a la palestra, de pasada,
los nombres de Torrente, Delibes, Süskind o Bryce, así como algunas de sus
obras maestras. En resumidas cuentas, una charla de lo más constructiva y
amena.
Pasó algún tiempo, no mucho, y nos volvimos
a ver otra vez en el instituto con ocasión de un seminario de literatura que
Joaquín se empeñó en dedicar a mi último libro de relatos.
Una vez terminado el curso escolar, me
marché de vacaciones con Maite, mi mujer, a El Escorial. Nos alojamos allí a cuerpo
de rey durante nueve días seguidos y disfrutamos de una paz bien ganada en todo
un año de incesante actividad.
Pero caducó el verano pronto y hubo que
regresar a la ciudad.
Un buen día de fines de agosto, por la
tarde, a eso de las cuatro y media, el teléfono me devolvió de repente la
inconfundible voz de Lidia, melosa y un tanto quebradiza. Me dijo que había
estado de viaje por Egipto y que se había divertido de lo lindo. Hablamos de
las vacaciones, de sus exámenes de septiembre y de alguna cosilla más sin
trascendencia. Al final, quedamos en vernos al día siguiente, jueves.
–¿Qué te parece a las cinco?
–Bien, sí, vale, a las cinco.
–¿Y dónde quedamos? ¿No te importa venir
aquí, a casa? -le propuse.
–Vale, sí, ya iré pues. A las cinco, entonces,
¿no?
–De acuerdo, Lidia. Un beso y gracias por
llamar.
—Vale, hasta mañana, Eduardo.
Colgué el auricular despacito, con miedo a
romper el embrujo de su presencia real al otro lado del hilo.
En verdad, tenerla cerca de nuevo me
ilusionaba mucho. Era un sentimiento ambiguo, indefinido, muy raro. Nos unía
-creo yo- una extraña amistad repleta de fantasías, deseos y ensueños
imposibles. Y al tiempo, nos separaban, y nos siguen separando, la edad y la
experiencia, el sol y la lluvia, el latir de las noches de insomnio y la
anchurosa plenitud de mis lecturas viejas. En definitiva, un montón de años en
carne viva que hacen de mí el interesante objeto arqueológico, expuesto en la
vitrina del museo, al que todos miran con asombro y cierta dosis de inconsciente
veneración.
Llegó la tarde del jueves tras unas horas de
vacío que se me antojaron lustros. Y a las cinco y diez se presentó en mi casa.
Estaba preciosa, como siempre. En esta
ocasión, su ropa negra y ceñida me hizo rememorar otros momentos, otros anhelos
y otros instantes de fiebre y locura no muy lejanos aún, pensamientos sensuales
en los que la imagen de sus labios, de su pelo, de su piel o de su cuerpo todo,
me habían llevado hasta ese pretendido placer sin testigos que nace en la
soledad inevitable de una cama vacía.
Tras dos besos de bienvenida, la acompañé
hasta el salón. La invité a sentarse y a tomar algo.
–¿Te gusta el licor de champán, Lidia?
–No sé, supongo.
–Es que no tengo zumo de piña, sabes. Pero este
licor te encantará, seguro. Ya verás qué suave es.
Saqué dos copas y serví la bebida sin
ninguna prisa. Mientras tanto, el saxo tenor de Archie Shepp y el inolvidable
piano de Horace Parlan, envolvían de jazz un agradable ambiente de semipenumbra
que se hermanaba sin dificultad con el tono apacible y nublado de la tarde.
–Otra vez estoy solo, ya ves. Maite se ha
marchado a casa de su madre un rato –comenté.
Lidia sonrió pero no dijo nada. Estoy seguro
de que algo se conmovió en su interior al escuchar mis palabras.
Me da la impresión de que tienes una
estupenda vena creativa dentro, Lidia –dije, con ánimo de entablar
conversación.
–Pues creo que sí, porque siempre me ha
encantado hacer cosas, y sobre todo hacer cosas que los demás no hagan o no sean
capaces de hacer.
Un repentino e indeciso rayo de sol
vespertino iluminó de pronto su perfil izquierdo. Y la hondura de sus ojos
pardos quedó enmarcada en la blancura de su piel de niña, clara y tersa. La
miré a la cara, me despisté por completo y perdí los papeles de una forma
incomprensible.
–¿Sabes que acabo de escribir un relato con
tu nombre en el título?
–¿En serio? -replicó, ilusionada.
–Desde luego. Ahora mismo te lo enseño;
espera un momento.
Me levanté, salí del salón y llegué al
estudio. Cogí el libro, abierto por el comienzo del susodicho relato, y se lo
entregué a Lidia.
–¡Anda, pues es verdad! -exclamó.
En ese momento, cuando nuestras manos se
unieron por un instante con excusa del libro, sentí el impulso de acercarme a
ella, de acariciar sus mejillas con mis manos y besar luego despacio, muy
despacio, sus labios de sangre, carnosos y rojos como pétalos, heridos sin duda
por una fiebre tan oscura y natural como el anhelo mismo.
Estaba deseando desnudar su cuerpo con
lentitud, besarle luego los párpados, la nariz, las orejas, la boca. Y
descender, entre caricias infinitas y cálidas, a través de su cuello de
chiquilla, por sus pechos de luna llena o de mujer rendida. Soñaba con tenerla
entre mis brazos, con sentarla en mis rodillas y rodear su cintura poco a poco.
Hubiese dibujado su espalda entera con la palma de mis manos hasta alcanzar,
muy despacio, sus muslos templados y largos. Y mis dedos habrían jugueteado
entonces, maliciosos, con el vello algo rizado y húmedo de su sexo franco,
mientras le hablaba al oído de mil querencias habidas en mi cama, con ella y
sin ella al tiempo.
Lidia hizo ademán de ponerse a leer el
relato, pero yo lo evité con rotundidad.
–Nada, nada; ya te lo dejaré más adelante,
cuando lo haya terminado del todo, ¿vale?
Hubiese querido tocar, acariciar su cuerpo
durante años, durante siglos enteros, hasta que los relojes de medio mundo
envejeciesen de envidia. Y estuve a punto de arrancarme, la verdad. Pero tuve
miedo en el último segundo, un miedo necio y frío que acabó por helarme la
sangre en las arterias. Me vino a la cabeza de pronto la grotesca imagen de los
viejos de Bassano en su acoso a la bella Susana. Y confieso que, por un
momento, temí su posible rechazo. Idiota que es uno, supongo.
Aquella tarde no hicimos el amor en la
espesa penumbra del cuarto de estar. No lo hicimos, y aún me pregunto por qué.
En cambio, seguimos hablando de Mendoza, Delibes, Torrente y García Márquez, de
la magia de sus Cien años y del
atractivo perfume del bávaro Süskind.
Lidia se marchó sobre las siete. Se fue –lo
sé– con dolor y deseo. Nos hemos visto luego un par de veces, siempre ante la
mesa del mismo café de la Gran Vía. Y en la última cita me dijo que tenía
novio, que salía con un tal Enrique y que estaba la mar de satisfecha y de
bien. Algo -no sé muy bien qué- se murió dentro de mí al escuchar sus palabras.
Pasarán dos, tres, cuatro meses, y Lidia se
olvidará quizá de este medroso profesor de literatura que le triplica la edad y
que piensa en ella con la pasión propia de un hombre y la ternura de un crío.
Si alguna tarde me llama y vuelve a casa,
tendré zumo de piña en la nevera.
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| Librería París, de Zaragoza |
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